La memoria es así. De repente se enciende un botón invisible y un recuerdo viene a abarcarlo todo. De a poco aparece, se despereza hasta alcanzar el primer plano, como un enfermo que sale de la anestesia y de a poco toma conciencia de su nombre y situación. Eso fue lo que me pasó esa ventosa tarde de domingo cuando hacía zapping desde el sillón.
El documental de la BBC que acababa de sintonizar en uno de los cincuenta o sesenta canales del televisor narraba el periplo de Magallanes y su casi vuelta alrededor del mundo. Lo novedoso era que el programa no se limitaba a mostrar imágenes y contar su vida, sino que se basaba en el viaje de los documentalistas haciendo el mismo recorrido cuatrocientos setenta años después. Con avanzados equipos y una agenda rigurosa que incluía todos los lugares donde estuvo el navegante y su tripulación, la película mezclaba datos históricos con el relato del viaje de este equipo de producción decidido a “vivir en carne propia” las peripecias de Magallanes.

Costa de PSC.
Asombrado me fui dando cuenta de que al parecer los documentalistas iban a pasar –o mejor dicho, debían haber pasado- por Puerto Santa Cruz. Así, cuando el programa narraba la ruta de Magallanes por la Patagonia, pude ver las costas de la provincia, los lugares históricos en Puerto San Julián –donde efectuó la ya antológica misa- y finalmente, Puerto Santa Cruz. Aquí fue cuando la parte histórica y la actual vivida por los investigadores se transformó en una aventura. Porque los documentalistas siguieron la ruta de una de las embarcaciones de Magallanes que se perdió y terminó naufragando frente a las costas a kilómetros del hoy puerto de Punta Quilla. Con la ayuda de Prefectura y con modernos equipos de buceo, la idea era encontrar esos restos. Para llevarlo a cabo, dentro de la rigurosa agenda confeccionada sólo contaban con dos días. Consciente de un momento claramente histórico, el documental me había atrapado. La posibilidad de ese hallazgo no sólo era cierta y lo estaba por mirar en un canal que se sintonizaba en varios países del mundo, sino que eso ya había ocurrido meses atrás –la filmación se había realizado en enero de ese año y ya estábamos en diciembre- y no me había enterado.
Lo paradójico de la situación fue que durante esos dos días el viento sopló como los que habitamos por estos lugares sabemos que puede soplar en algunos casos y los investigadores tuvieron que vivir momentos insólitos como cuando se les rompió el vidrio de la entrada del hotel donde se alojaban. Pero la odisea más importante la vivieron cuando una de las lanchas con las que intentaron salir a buscar el lugar del naufragio se perdió y el documental en ese momento se tornó en la filmación de su propia desorientación. La lancha que se alejaba de repente se transformó en un punto y en un momento en la nada dentro del mar picado, soportando el viento furioso mientras la cámara intentaba captar el momento y a la vez daban dramatismo a la escena. Horas después los encontraron y tuvieron que suspender el viaje. Los dos días sufrieron las mismas inclemencias y no pudieron sumergirse y realizar el hallazgo. Parecía como si la sombra de Magallanes impidiera que las futuras generaciones pudieran develar todos sus misterios o quizás, fue solo una pequeña muestra cientos de años después de la rigurosidad que debieron sufrir esos aventureros que pasaban años navegando.
Pero aunque parezca lo contrario, este relato quiere contar otra historia que se desarrolla en el mismo lugar. Porque como dije antes, estaba yo aquella tarde haciendo zapping, cuando ese documental vino a hacer funcionar uno de los resortes extraños que la memoria siempre oculta. Porque mis recuerdos de niño, fragmentaria y deficientemente, también almacenaron escenas, impresiones y pesadillas sobre la guerra de Malvinas. Detrás de un vidrio casi opaco por los años, aun permanece en mi memoria el recuerdo triste de la guerra. Como de un sueño emergen varias tomas de una película deteriorada sobre aquellos tiempos: me veo detrás de un pupitre en la escuela, donde nos enseñan cómo hacer si sufrimos un ataque; veo imágenes de un viejo y pequeño televisor en blanco y negro que enseña cómo hacer si se corta el suministro de agua; veo a mi padre, haciendo como todos los padres de mis compañeros de escuela, tapando ventanas y apagando todas las luces de la casa después de cenar y sobre todo escucho el sonido de los aviones que en la oscuridad del otoño no se cansan de pasar toda la noche. Pero lo que recuerdo como una vieja pesadilla infantil es la historia del pájaro de fuego.
No sé si lo escuché en alguna cena familiar o alguien lo contó en la escuela. No creo haberlo visto aunque posiblemente lo haya soñado. Fue una de esas noches en que me levanté al baño y miré por la ventana como solía hacerlo –era una especie de curiosidad por ver algo distinto en un tiempo en que todo parecía que estaba por pasar, había algo latente que flotaba en el aire-. Desde mi casa no se veía el mar, pero quizás esperaba ver alguno de los aviones que permanentemente escuchaba pasar. Y en ese momento lo vi. Enorme aun a la distancia, de fuego y precipitándose al mar. Parecía un pájaro por su forma, pero yo no era tan pequeño como para no saber que era un enorme avión incendiándose. Insisto que por años creí que sólo era un sueño y ni aun ahora podría afirmar que fue cierto lo que vi. Porque además, nadie en la semana ni en el tiempo que transcurrió dijo algo sobre ello. Me recuerdo en ese tiempo yendo a Punta Reparo y mirando a la distancia. Ese horizonte interminable era para mí el lugar ajeno donde algo estaba pasando, aunque no sabía bien qué.
No sé cuánto hay de cierto en este recuerdo, pero una vez me contó mi primo que él también había escuchado una historia similar en el puerto. Decían que los que hacían guardia en Punta Quilla durante Malvinas vieron un enorme Hércules precipitándose al mar y que sólo unos pocos lo saben. No sé si son historias de locos o borrachos pero hace un par de años tan solo, los diarios locales y nacionales informaron del hallazgo de los restos de un Hércules cercano a las costas de Río Gallegos y el informe también daba cuenta de otros aviones similares perdidos en combate. No recuerdo la cifra pero era un dato real. Desde entonces y gracias a ese documental que me hizo rememorar recuerdos de mi infancia, cada vez que voy a Punta Quilla miro sus aguas más allá de la Pingüinera y pienso en Magallanes, en el Hércules y Malvinas. Quizás las penurias y las tristezas hayan confluido azarosamente en las aguas de entrada a nuestro pueblo, quizás el hilo del destino haya unido por extrañas coincidencias dos relatos trágicos. O las dos sean historias que las aguas y el tiempo se han encargado de tragar y que merecen rescatarse. Quizás, solo una metáfora más de un país que no termina de recuperar los fragmentos de una historia en partes sumergida.
Gilgamesh

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