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	<title>Al Sur Digital &#187; Gilgamesh</title>
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		<title>Magallanes y el pájaro de fuego</title>
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		<pubDate>Tue, 13 Jul 2010 09:58:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Al Sur</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La memoria es así. De repente se enciende un botón invisible y un recuerdo viene a abarcarlo todo. De a poco aparece, se despereza hasta alcanzar el primer plano, como un enfermo que sale de la anestesia y de a poco toma conciencia de su nombre y situación. Eso fue lo que me pasó esa [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>La memoria es así. De repente se enciende un botón invisible y un recuerdo viene a abarcarlo todo. De a poco aparece, se despereza hasta alcanzar el primer plano, como un enfermo que sale de la anestesia y de a poco toma conciencia de su nombre y situación. Eso fue lo que me pasó esa ventosa tarde de domingo cuando hacía zapping desde el sillón.</em></p>
<p>El documental de la BBC que acababa de sintonizar en uno de los cincuenta o sesenta canales del televisor narraba el periplo de Magallanes y su casi vuelta alrededor del mundo. Lo novedoso era que el programa no se limitaba a mostrar imágenes y contar su vida, sino que se basaba en el viaje de los documentalistas haciendo el mismo recorrido cuatrocientos setenta años después. Con avanzados equipos y una agenda rigurosa que incluía todos los lugares donde estuvo el navegante y su tripulación, la película mezclaba datos históricos con el relato del viaje de este equipo de producción decidido a “vivir en carne propia” las peripecias de Magallanes.</p>
<div id="attachment_3184" class="wp-caption alignleft" style="width: 160px"><img class="size-thumbnail wp-image-3184" title="100_0270" src="http://www.alsurdigital.com/wp-content/uploads/2010/07/100_0270-150x150.jpg" alt="Costa de PSC." width="150" height="150" /><p class="wp-caption-text">Costa de PSC.</p></div>
<p>Asombrado me fui dando cuenta de que al parecer los documentalistas iban a pasar –o mejor dicho, debían haber pasado- por Puerto Santa Cruz. Así, cuando el programa narraba la ruta de Magallanes por la Patagonia, pude ver las costas de la provincia, los lugares históricos en Puerto San Julián –donde efectuó la ya antológica misa- y finalmente, Puerto Santa Cruz. Aquí fue cuando la parte histórica y la actual vivida por los investigadores se transformó en una aventura. Porque los documentalistas siguieron la ruta de una de las embarcaciones de Magallanes que se perdió y terminó naufragando frente a las costas a kilómetros del hoy puerto de Punta Quilla. Con la ayuda de Prefectura y con modernos equipos de buceo, la idea era encontrar esos restos. Para llevarlo a cabo, dentro de la rigurosa agenda confeccionada sólo contaban con dos días. Consciente de un momento claramente histórico, el documental me había atrapado. La posibilidad de ese hallazgo no sólo era cierta y lo estaba por mirar en un canal que se sintonizaba en varios países del mundo, sino que eso ya había ocurrido meses atrás –la filmación se había realizado en enero de ese año y ya estábamos en diciembre- y no me había enterado.</p>
<p>Lo paradójico de la situación fue que durante esos dos días el viento sopló como los que habitamos por estos lugares sabemos que puede soplar en algunos casos y los investigadores tuvieron que vivir momentos insólitos como cuando se les rompió el vidrio de la entrada del hotel donde se alojaban. Pero la odisea más importante la vivieron cuando una de las lanchas con las que intentaron salir a buscar el lugar del naufragio se perdió y el documental en ese momento se tornó en la filmación de su propia desorientación. La lancha que se alejaba de repente se transformó en un punto y en un momento en la nada dentro del mar picado, soportando el viento furioso mientras la cámara intentaba captar el momento y a la vez daban dramatismo a la escena. Horas después los encontraron y tuvieron que suspender el viaje. Los dos días sufrieron las mismas inclemencias y no pudieron sumergirse y realizar el hallazgo. Parecía como si la sombra de Magallanes impidiera que las futuras generaciones pudieran develar todos sus misterios o quizás, fue solo una pequeña muestra cientos de años después de la rigurosidad que debieron sufrir esos aventureros que pasaban años navegando.</p>
<p>Pero aunque parezca lo contrario, este relato quiere contar otra historia que se desarrolla en el mismo lugar. Porque como dije antes, estaba yo aquella tarde haciendo zapping, cuando ese documental vino a hacer funcionar uno de los resortes extraños que la memoria siempre oculta. Porque mis recuerdos de niño, fragmentaria y deficientemente, también almacenaron escenas, impresiones y pesadillas sobre la guerra de Malvinas. Detrás de un vidrio casi opaco por los años, aun permanece en mi memoria el recuerdo triste de la guerra. Como de un sueño emergen varias tomas de una película deteriorada sobre aquellos tiempos: me veo detrás de un pupitre en la escuela, donde nos enseñan cómo hacer si sufrimos un ataque; veo imágenes de un viejo y pequeño televisor en blanco y negro que enseña cómo hacer si se corta el suministro de agua; veo a mi padre, haciendo como todos los padres de mis compañeros de escuela, tapando ventanas y apagando todas las luces de la casa después de cenar y sobre todo escucho el sonido de los aviones que en la oscuridad del otoño no se cansan de pasar toda la noche. Pero lo que recuerdo como una vieja pesadilla infantil es la historia del pájaro de fuego.</p>
<p>No sé si lo escuché en alguna cena familiar o alguien lo contó en la escuela. No creo haberlo visto aunque posiblemente lo haya soñado. Fue una de esas noches en que me levanté al baño y miré por la ventana como solía hacerlo –era una especie de curiosidad por ver algo distinto en un tiempo en que todo parecía que estaba por pasar, había algo latente que flotaba en el aire-. Desde mi casa no se veía el mar, pero quizás esperaba ver alguno de los aviones que permanentemente escuchaba pasar. Y en ese momento lo vi. Enorme aun a la distancia, de fuego y precipitándose al mar. Parecía un pájaro por su forma, pero yo no era tan pequeño como para no saber que era un enorme avión incendiándose. Insisto que por años creí que sólo era un sueño y ni aun ahora podría afirmar que fue cierto lo que vi. Porque además, nadie en la semana ni en el tiempo que transcurrió dijo algo sobre ello. Me recuerdo en ese tiempo yendo a Punta Reparo y mirando a la distancia. Ese horizonte interminable era para mí el lugar ajeno donde algo estaba pasando, aunque no sabía bien qué.</p>
<p>No sé cuánto hay de cierto en este recuerdo, pero una vez me contó mi primo que él también había escuchado una historia similar en el puerto. Decían que los que hacían guardia en Punta Quilla durante Malvinas vieron un enorme Hércules precipitándose al mar y que sólo unos pocos lo saben. No sé si son historias de locos o borrachos pero hace un par de años tan solo, los diarios locales y nacionales informaron del hallazgo de los restos de un Hércules cercano a las costas de Río Gallegos y el informe también daba cuenta de otros aviones similares perdidos en combate. No recuerdo la cifra pero era un dato real. Desde entonces y gracias a ese documental que me hizo rememorar recuerdos de mi infancia, cada vez que voy a Punta Quilla miro sus aguas más allá de la Pingüinera y pienso en Magallanes, en el Hércules y Malvinas. Quizás las penurias y las tristezas hayan confluido azarosamente en las aguas de entrada a nuestro pueblo, quizás el hilo del destino haya unido por extrañas coincidencias dos relatos trágicos. O las dos sean historias que las aguas y el tiempo se han encargado de tragar y que merecen rescatarse. Quizás, solo una metáfora más de un país que no termina de recuperar los fragmentos de una historia en partes sumergida.</p>
<p><strong><em>Gilgamesh</em></strong></p>
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		<title>El teatro y la escuela</title>
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		<pubDate>Fri, 07 May 2010 03:00:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Al Sur</dc:creator>
				<category><![CDATA[Gilgamesh]]></category>
		<category><![CDATA[Yo Periodista]]></category>

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		<description><![CDATA[ Yo no soy actor, pero cuando fuimos niños jugábamos a serlo. No porque perteneciéramos a un grupo o compañía teatral, sino porque cada vez que en la escuela se preparaba un acto o una fiesta, todos estábamos listos para jugar a ser actores y transformarnos en Belgrano, San Martín, en un pregonero de 1810 o [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_2979" class="wp-caption alignleft" style="width: 160px"><img class="size-thumbnail wp-image-2979" title="25" src="http://www.alsurdigital.com/wp-content/uploads/2010/05/25-150x150.jpg" alt="25 de Mayo de 1810" width="150" height="150" /><p class="wp-caption-text">25 de Mayo de 1810</p></div>
<p> Yo no soy actor, pero cuando fuimos niños jugábamos a serlo. No porque perteneciéramos a un grupo o compañía teatral, sino porque cada vez que en la escuela se preparaba un acto o una fiesta, todos estábamos listos para jugar a ser actores y transformarnos en Belgrano, San Martín, en un pregonero de 1810 o un chasqui de 1816. Cualquiera podía quedar atrapado en la redes de la actuación, sin necesidad de ser especialista en el tema. El desenfado, la alegría, el nerviosismo se conjugaban en esos momentos en los que las familias compartían el ansiado acto de sus hijos, con la cámara dispuesta a capturar el gesto, la vestimenta típica y el decorado a tono. Existía la oportunidad para que todos los que quisieran y se animaran participen de la actuación y creo sin dudas que ese espacio permitido, esos momentos en que nos creíamos actores influyeron secretamente en nuestras personalidades. El teatro es formador y liberador, es el momento del descubrimiento del cuerpo y la expresión, de tonos escondidos y palabras extrañas, ajenas pero asumidas como propias, es la posibilidad de asumir vidas que nunca viviremos y personalidades que nunca transitaremos. O quizás nos ayudaron a entender anticipadamente que la vida no deja de ser un confuso escenario y que lenta pero inexorablemente asumiríamos máscaras, desde las más sutiles y divertidas a las más complejas o hipócritas.</p>
<p>Como sea, durante la primaria, en el hermoso escenario que tenía el viejo e interminable Colegio N° 2 –cuando todavía no existía la ampliación que hicieron años más tarde- con mis compañeros fuimos Sarmiento en su adolescencia sanjuanina, payadores en tiempos de colonia –y pregoneros, mazamorreros, lavanderos-, San Martín en su vejez en Francia o marineros subidos a La Santa María en el embravecido océano Atlántico. Eran otros tiempos y aunque no sé cómo se harán actualmente, esos actos de antaño estaban llenos de magia, actuación y alegría. Ningún ejemplo es más gráfico de ese cúmulo de experiencias que intento transmitir que un remotísimo 25 de mayo de mi 2° grado, cuando me transformé por un instante en un espectador más frente al cabildo, con mi galera enorme y mi traje negro con levita.</p>
<p>Es quizás el ejemplo más acabado de muchas situaciones que eran distintas a estos tiempos que corren, en primer lugar porque el acto se celebraba el mismísimo 25 de mayo, ni un día antes ni uno después. Si bien siempre fue un feriado inamovible, no existían los cambios de fechas en el colegio y sus puertas se abrían sólo para esa reunión en la que participaba toda la familia. Quizás eran tiempos de menos turismo y por consiguiente menos feriados largos. Temprano en casa, mi padre se duchaba mientras mi hermano pequeño remoloneaba todavía en la cama y mi madre corría de un lado a otro terminando mi disfraz. Afuera, en una mezcla rara de historia con actuación, llovía a cántaros, como se dice que sucedió aquel día de mayo. Cuando ya la familia estaba toda reunida, mi padre tomó la primera foto -que todavía contiene algún perdido álbum familiar- de ese día memorable. Sonriendo a la cámara con mi hermano pequeño queriendo agarrar mi galera, o solo con aire ceremonial, mi padre no descansó en toda la mañana sacando fotos con su inoxidable máquina alargada, no más grande que un atado de cigarrillos y la pequeña “torrecita” con el flash, un cuadradito parecido a un hielo con el que jugábamos cuando ya no servía más. Tuvimos que ponernos las enormes botas de goma para atravesar las dos o tres cuadras de barro, que como un chocolate pegajoso se adhería y salpicaba. Atravesamos despacio el lodazal para no ensuciarnos pero apenas llegamos al pavimento corrimos raudos, como una travesura más para no empaparnos con la lluvia persistente.</p>
<p>El salón del colegio estaba repleto de familias y sillas, de nenes y nenas vestidos para la ocasión y cámaras de fotos estallando como relámpagos. Era un día de fiesta y todos lo vivíamos así. Sonó el timbre y todos corrimos detrás del escenario, donde después de tomar lista nos preparamos para la función. Cada uno tomó su lugar y en ese instante fuimos una vez más los hombres y mujeres de mayo de 1810. Recuerdo todo con lujo de detalles, pero no puedo volver a memorizar en qué consistía el acto. Igualmente, no es difícil imaginar la acción: los personajes típicos alrededor del cabildo de cartón y colores, mirando y esperando ansiosos que algo suceda. Lo que sí tengo en mi mente como corolario de la mañana y del recuerdo, es que antes del cierre del telón, todos salíamos rumbo a los espectadores, a nuestras familias con canastas rebosantes de tortas fritas para convidar a todos. Era una sorpresa a medias porque cada familia había aportado un poco para la fiesta. En nuestro caso, mi madre las había cocinado la noche anterior y las llevaba en una bolsa cuando íbamos sorteando el barro y la lluvia rumbo al colegio.</p>
<p>Hubo otros actos, pero ese fue imborrable para mí. En la secundaria también actuábamos, pero ya era distinto. No era una fiesta para todos, sino para aquellos que nos animábamos a actuar en algún que otro fin de curso. Los actos se transformaron sólo en un pobre discurso y los acordes del himno. Todo se transformó en algo breve y sencillo -en realidad mediocre- y nada más. Igualmente, la experiencia de la primaria calaba hondo. Con los años, los conceptos de patria, acto, 25 de mayo, himno o bicentenario tomaron ribetes distintos. Afuera de la inocente niñez, todo se transformó en algo más espurio, más opaco, más manejable por gobiernos de turno e ideologías encontradas. Tristemente, ya no significa lo mismo para todos. Quizás, como dato puro dentro de este contexto extraño, dentro de cada pecho todavía suene la melodía del himno de la infancia, cantado con desparpajo por gargantas inocentes ansiosas por actuar. Y me atrevo a aventurar que todavía no sabemos en qué medida aquellas jornadas de espectáculo teatral permitieron crecer en nosotros, a través del tiempo, un amor por lo nuestro, además de un saber más allá de los saberes de cada práctica y un agazapado anhelo de libertad enmascarado por una vida prestada por un instante.   </p>
<p>Gilgamesh</p>
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		<title>Semana Santa</title>
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		<pubDate>Sat, 03 Apr 2010 03:02:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Al Sur</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Yo Periodista]]></category>

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		<description><![CDATA[Siempre cuenta mi madre -con un evidente toque de exageración- la tortura anual que sufría mi padre en Semana Santa por no poder comer carne. No creo que sea totalmente mentirosa esta afirmación aunque suena demasiada inverosímil la historia de mi padre haciendo un asado y dispuesto a comerlo apenas pasaran las doce de la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>Siempre cuenta mi madre -con un evidente toque de exageración- la tortura anual que sufría mi padre en Semana Santa por no poder comer carne. No creo que sea totalmente mentirosa esta afirmación aunque suena demasiada inverosímil la historia de mi padre haciendo un asado y dispuesto a comerlo apenas pasaran las doce de la noche del viernes santo.</em> No sé si la carne era más barata en aquellos tiempos o mi padre ha cambiado mucho, pero lo cierto es que ahora se encarga tranquilamente de preparar el pescado y la generosa paella que cocinan con mi primo para toda la familia reunida. Más allá de estas cuestiones alimenticias, la Pascua era y sigue siendo un momento muy esperado por todos.</p>
<div id="attachment_2833" class="wp-caption alignleft" style="width: 235px"><img class="size-medium wp-image-2833" title="jesus" src="http://www.alsurdigital.com/wp-content/uploads/2010/04/jesus-225x300.jpg" alt="Viernes Santo en PSC" width="225" height="300" /><p class="wp-caption-text">Viernes Santo en PSC</p></div>
<p>De niño, además del huevo de chocolate, la atracción estaba dada por el Vía Crucis viviente que no recuerdo qué sacerdote comenzó a fomentar pero que se transformó en un clásico de la Pascua. Si mi memoria no me falla, mis primeros Vía Crucis fueron de pequeño en la parroquia, cuando descubrí esos hermosos cuadros llenos de color y detalles a los costados de la Iglesia. Seguía de la mano de mi abuela a la gente que daba la vuelta guiados por el sacerdote. Todavía me siguen fascinando esas pinturas en miniatura, esas “pequeñas películas” detenidas en el instante preciso, inmersos en la acción fundamental que da sentido a cada uno de los pasajes que conforman el rito: las caídas de Jesús, el Santo Sudario, la crucifixión. Toda una película en pequeñas viñetas. Esa es quizás la primera de muchas más que vi en otros lugares cerrados e inclusive en la histórica Cruz del Centenario, que también tiene a sus costados los pequeños cuadros con los episodios del Vía Crucis. Pero hubo un momento –no recuerdo exactamente cuándo- en los que esa ceremonia se comenzó a hacer con personajes de carne y hueso. No sé si en estos últimos años se seguirá haciendo pero en aquellos tiempos fue toda una novedad y con los años se fue transformando en un acto cada vez más elaborado.</p>
<p>Si bien una de las puestas en escena que recuerdo como la más organizada fue una que se desarrolló dentro del gimnasio del Club Atlético, la que tuvo todos los condimentos necesarios para designarla como la mejor de todas las que vi, fue la que se hizo detrás de la parroquia, que durante muchos años fue el patio del Colegio Secundario N° 8 “Naciones Unidas”. La recuerdo antes que nada por el intenso frío de esa noche de abril, esos que suelen atravesar las camperas y enrojecer las narices. Ese es el dato central del recuerdo, porque en ese contexto, la duda era si al Jesucristo de carne y hueso lo despojarían de sus ropas y lo crucificarían, como la historia y el rito mandaban que se hiciera. Nadie dijo nada pero yo creo que todos estábamos soportando el frío sólo para ver esa última escena y poder corroborar si Jesús cumplía su papel o no. Lo cierto es que la noche de tanto frío no empañó un Vía Crucis impecable: la gran cantidad de gente que a pesar del clima acompañó la ceremonia, los actores que con un amplio sentido de la responsabilidad cumplieron dignamente su papel y el escenario tan bien armado para la ocasión. Pero sobre todo, la actuación de Jesús fue para el aplauso: lo vimos aparecer, apaleado y taciturno, con su enorme cruz a cuestas, lo vimos soportar los golpes de los guardias, lo vimos caer y levantarse, devolver el Sudario y finalmente, desnudarse ante la mirada admirativa de los presentes y aceptar el frío de la noche. La cruz que habían armado aprovechando el mástil del antiguo colegio estuvo acorde a la ceremonia. Parecía hecho a medida para que todos puedan observar el triste espectáculo de la crucifixión y muerte de Jesús, enmarcado por el viento patagónico. La música y las luces remarcaron el momento de la resurrección y todos contemplamos al actor renaciendo de la noche. Con los años ha variado esa sorpresa inicial aunque nunca deja de ser el momento emotivo de la Semana Santa, el que pone en acto lo más trágico y lo más esperanzador de estos días que se recuerdan y dan sentido a la ceremonia religiosa. </p>
<p>Además de ese, el domingo sin dudas es el otro momento relevante de la Semana, donde se mezcla el encuentro familiar con el huevo de Pascua y la rosca imposible de superar que amasa mi madre. A medida que nuestra familia fue creciendo, se debió ir comprando un huevo más grande para que entre todos lo rompamos y comamos y así, ante un acto tan breve pero delicioso, terminemos una semana más que tuvo todos los condimentos: un nuevo Vía Crucis –además del lavatorio de pies y la mítica resurrección-, junto a las infaltables bromas ante la angustia de mi padre por la ausencia de carne, la familia reunida tras los mates y la rosca pero sobre todo, la excusa perfecta para la reunión y la alegría del reencuentro. Porque más allá del momento religioso que cada cual aprovecha de diferente manera –participando activamente de los ritos o tomándose unas mini vacaciones- el tiempo familiar se aprovecha de otra manera. Semana Santa es una pausa, un alto que permite romper la rutina diaria, volver a mirar hacia adentro y disfrutar de algo tan simple como una mañana diferente, un mate en familia o el calor del hogar en los primeros días del otoño, siempre frío, de la Patagonia.          </p>
<p><em>Gilgamesh</em></p>
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		<title>Vacaciones</title>
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		<pubDate>Thu, 28 Jan 2010 11:49:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Al Sur</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Yo Periodista]]></category>

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		<description><![CDATA[Mi amigo de La Plata todavía se sigue asombrando de la foto familiar que tengo enmarcada en la pared de mi casa: mis dos hermanos y yo, torso desnudo y amplia sonrisa, en la costanera del pueblo. Adolescente yo, un nene mi hermano, un bebé el menor, los tres miramos la cámara y disfrutamos del sol. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mi amigo de La Plata todavía se sigue asombrando de la foto familiar que tengo enmarcada en la pared de mi casa: mis dos hermanos y yo, torso desnudo y amplia sonrisa, en la costanera del pueblo. Adolescente yo, un nene mi hermano, un bebé el menor, los tres miramos la cámara y disfrutamos del sol.<em> Mi amigo no sólo no cree que esa playa es la de Puerto Santa Cruz, sino que también descree de mi relato cuando le cuento que acto seguido, con mi hermano corríamos a toda velocidad para zambullirnos de cabeza en las aguas siempre frías de la ría.</em> El que se introducía primero y más lejos ganaba la carrera y todos los años la jugábamos ante la sonriente mirada de mi padre y los gritos preocupados de mi madre que con cierto toque teatral nos quería hacer creer que si íbamos más lejos una enorme correntada nos atraparía. Entiendo la desconfianza de mi amigo, porque no puede creer que los veranos de hace muchos años en el pueblo sean como yo le cuento que eran: calurosos y con lluvias escasas.</p>
<p>Para nosotros, las vacaciones familiares nunca cruzaban los lindes del pueblo y nunca nos aburrimos. Por supuesto que cuando se es un niño cuesta no encontrar un motivo cualquiera para jugar, pero mi recuerdo de las vacaciones incluyen a mi familia, que aprovechaba el tiempo para pasarla bien, sin necesidad de viajar muy lejos. Entre aquellos veranos, recuerdo los infaltables viajes al “pozón”, cerca de un faro escondido y olvidado camino a Punta Quilla. Era la excusa perfecta para mi padre y mis tíos, amantes de la pesca, que pasaban mañanas y tardes enteras con la caña en la mano y el torso al sol, mientras mi madre y mis tías cebaban mate y mis primos y yo correteábamos entre las matas, buscando calafate y jugando a las escondidas. Todo recuerdo conlleva siempre la sensación del momento y esos fascinantes viajes de mi infancia van acompañados siempre de la sensación de enorme felicidad. Desde la mañana temprano esperábamos la vieja camioneta amarilla de mi tío para subirnos detrás junto a mis primos y salir, con el viento de verano en la cara rumbo al puerto. Alguien definió que la felicidad es la suma de los pequeños y efímeros momentos de alegría que la memoria se encarga de juntar y el viaje por la ruta a Punta Quilla, agarrados de alguno de los caños de la camioneta, mirando a mi hermano sentado concentrado con algún juguete y el paisaje único del río que se pierde más allá del puerto es sin dudas, una de aquellas fotos imborrables de mi vida. Nada superaba los bifes en la enorme plancha que mi padre todavía conserva ni los budines caseros de mi tía que acompañaban los mates de la tarde. De esos viajes recuerdo las visitas a Monte León y las infaltables fotos en la Olla o los partidos de fútbol familiares para coronar una tarde en la Isla Pavón.  </p>
<div id="attachment_2653" class="wp-caption alignleft" style="width: 160px"><img class="size-thumbnail wp-image-2653" title="vaca" src="http://www.alsurdigital.com/wp-content/uploads/2010/01/vacas-150x150.jpg" alt="colonia de vacaciones PSC" width="150" height="150" /><p class="wp-caption-text">colonia de vacaciones PSC</p></div>
<p>Pero no existe para un niño en Puerto Santa Cruz nada más divertido en el verano que las colonias de vacaciones. Y yo también participé de sus actividades desde muy pequeño y hasta que la edad me lo permitió. No existe un rincón del pueblo que no se haya recorrido con las colonias, desde la ya legendaria plaza, pasando por costanera y puerto hasta los lugares que más ansiábamos: Cañadón Misioneros y los cinematográficos Arenales, la Pingüinera, la chacra municipal, el aeropuerto, la Toma o la Rural –el viejo camping era un clásico con su canchita y sus extrañas aguas termales-. Era un mes cargado de aventuras y juegos, que siempre estaba coronado con un campamento a la Cordillera. Nos encantaba Calafate, pero en realidad esperábamos que nos tocara uno de esos lugares inhóspitos para nosotros, cercano a alguna estancia alejada, en los que pasábamos una semana de auténtico campamento. Construíamos los baños, armábamos un enorme pozo para el fuego de la cocina y la colosal carpa que aportaba el Ejército en la que cabía toda la delegación de niños. De esos viajes recuerdo miles de anécdotas: cuando jugando a “luces y sonidos” uno de los choferes se quedó dormido y no podíamos completar el juego; la vez que subiendo a uno de los montes nos cruzamos con un auténtico puma patagónico y uno de nuestros acompañantes, el legendario don Torres se acercaba con un grueso palo hasta casi tocarlo –él decía que podía cazarlo- y una vez que tuvimos que soportar tres días seguidos la persistente lluvia y sus consecuencias.</p>
<div id="attachment_2656" class="wp-caption alignleft" style="width: 160px"><img class="size-thumbnail wp-image-2656" title="vacacione" src="http://www.alsurdigital.com/wp-content/uploads/2010/01/vacaciones-150x150.jpg" alt="campamentos de verano" width="150" height="150" /><p class="wp-caption-text">campamentos de verano</p></div>
<p>De esos viajes también tengo una foto que esconde un recuerdo más extenso. Abrazados con mi hermano debajo de las aguas congeladas de un chorrillo, tratando de esbozar la sonrisa detrás de los dientes apretados e insistiéndole al que tomaba la foto para que se apurara. Era uno de los momentos de aseo colectivo que todos sabíamos que nos tocaría. Era una tarde en la que salíamos después de almorzar, una larga caminata a través del campo, bajando y subiendo caminos hasta llegar a una cascada maravillosa. Desde lejos comenzaba a verse el hilo de agua cristalina que a la distancia parecía insignificante y a medida que nos acercábamos se transformaba en un torrente que caía con violencia en un pozo de agua y se transformaba en un pequeño río que se hacía paso entre las enormes piedras. Todos aprovechábamos para mojarnos y bañarnos, inclusive algunas chicas sacaban de sus mochilas algún champú para lavarse el pelo y así pasábamos la tarde. Y sólo algunos –de ahí surge la foto- se animaban a pasar unos segundos debajo de la cascada que caía vertiginosa. Luego los profesores hacían fuego para que nos secáramos mientras repartían el jugo y las galletitas que habían llevado para la merienda. Cuando el sol comenzaba a esconderse volvíamos cantando y limpitos, por lo menos hasta que comenzara un nuevo juego por la mañana.</p>
<p>  Por supuesto que nadie va a dudar de lo placentero que es pasar unas vacaciones en el norte del país, tostándose en una playa de la costa atlántica o alquilando por unos días una casa con pileta. No quiero caer en un lugar común y decir que no hay sitio como mi pueblo para vacacionar, porque no es cierto pero los recuerdos y la nostalgia de la niñez son más poderosos que cualquier espacio físico. Cada cual recordará en su memoria las vacaciones de la infancia y sus sensaciones, así como yo no logro despegar la mía de las postales humildes y sencillas que poblaron cada minuto de mi niñez. El viento en la cara camino al faro olvidado, la rauda carrera al río mientras escucho la risa infatigable de mi hermano, su abrazo debajo del chorrillo helado en la cordillera, el olor del churrasco del almuerzo y la sonrisa. Siempre la sonrisa inevitable, que acompaña cada fotografía. Las que conservo y las que nunca se sacaron, esas que se quedaron para siempre ahí, inalterables y adosadas inexorablemente a los rincones de mi pueblo.</p>
<p><em>Gilgamesh.</em></p>
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		<title>De esquinas y amistades.</title>
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		<pubDate>Tue, 12 Jan 2010 03:00:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Al Sur</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La amistad, que ha sido elogiada, definida y parafraseada, ha servido de base a poemas, novelas, cuentos, películas y óperas, entre otras expresiones artísticas. En Puerto Santa Cruz, también tiene una calle, o mejor dicho, una esquina: San Martín y 9 de julio. No es una broma. Hace años, precisamente en 1990 mediante una disposición [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La amistad, que ha sido elogiada, definida y parafraseada, ha servido de base a poemas, novelas, cuentos, películas y óperas, entre otras expresiones artísticas. En Puerto Santa Cruz, también tiene una calle, o mejor dicho, una esquina: San Martín y 9 de julio. No es una broma. Hace años, precisamente en 1990 mediante una disposición municipal, ese lugar fue bautizado como “La esquina de la amistad”. Para los que olvidaron el detalle, esa decisión tiene una historia detrás que al igual que el cine u otros locales forman parte de la historia cálida y melancólica de nuestro pueblo.</p>
<div id="attachment_851" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-851" title="TIENDA EL COLOSO" src="http://www.alsurdigital.com/wp-content/uploads/2009/09/TIENDA-EL-COLOSO-300x219.jpg" alt="El Coloso desde adentro." width="300" height="219" /><p class="wp-caption-text">El Coloso desde adentro.</p></div>
<p>En ese lugar, en el que actualmente existe un local comercial, se ubicaba una legendaria tienda por la que pasaron generaciones: <em>El Coloso</em>. Cuenta Don Oroz en su libro que la buena disposición de su dueño Selig Besen –pero sobre todo la belleza de sus hijas- eran una causa más que suficiente para citarse obligadamente con varios amigos en esa esquina.</p>
<p>El “andar cansino y la sonrisa franca” de Don Américo, el nuevo dueño, no afectó la cita obligada de las tardes, en las que grupos de adolescentes se congregaban religiosamente a ver la gente pasar o a charlar sobre la actualidad del Sportivo o del Atlético.</p>
<p>Eso es lo que dicen pero yo, que soy de la generación siguiente, <em>recuerdo otras charlas y sobre todo, a otra persona: a Doña Chola, la hermana de Américo. </em>Amiga y vecina por años de mi abuela, era gracioso verlas cada vez que íbamos a comprar un par de medias, un pantalón o una campera. Eran capaces de charlar por horas antes y después de una compra de diez minutos.</p>
<p>Recuerdo la risa de mi abuela provocada por la mirada ácida y lúcida de “la” Chola. Alta, corpulenta y canosa transmitía mucho afecto sin apelar a la caricia de abuela que pellizca mejillas. Pero de todas sus características recuerdo su voz ronca y desenfadada, su ritmo cadencioso, su postura detrás del mostrador, como la dueña de un bar sirviendo una copa más.</p>
<p>Cuenta mi madre que era habitual encontrarse a la Chola prestando el mostrador del Coloso para que alguien cambie los pañales a su bebé o la infaltable presencia de los mates que cebaba sin falta cada tarde y que inevitablemente disfrutaban los ocasionales compradores y ni hablar de las “cómodas cuotas” o cualquier prenda como parte de pago para saldar una deuda.</p>
<div id="attachment_852" class="wp-caption alignleft" style="width: 219px"><img class="size-medium wp-image-852" title="CHOLA1" src="http://www.alsurdigital.com/wp-content/uploads/2009/09/CHOLA1-209x300.jpg" alt="Doña Chola, cuando Joven" width="209" height="300" /><p class="wp-caption-text">Doña Chola, cuando Joven</p></div>
<p>Eximia cocinera de pasta italiana –se hicieron famosos sus agnolotis y en algunos casos toda una cábala- vio pasar generaciones de adolescentes frente a su negocio. Entre ellos, mi grupo de amigos, porque nosotros también pasamos tardes enteras mirando pasar a las chicas del pueblo y filosofando de fútbol y noticias del día. Es extraño porque nadie nos enseñó a compartir los momentos justo ahí, en ese lugar. Y sin embargo, nosotros también sucumbimos a las vidrieras con amplio marco, apto para el asiento masivo. Por eso nos sorprendimos esa tarde, cuando nos contaron que pensaban declarar esquina de la amistad justo ese lugar. Recién nos dimos cuenta de que estábamos cumpliendo un rito más profundo y lejano, la de generaciones de puertosantacruceños, atorrantes, jóvenes y ociosos homenajeando una historia de encuentros.</p>
<p>Como siempre, sólo cuento lo que vi. Fui una de las treinta personas que ese día a las ocho de la noche escuchó la disposición municipal con la banda Joaquín Andreu de fondo y los aplausos que se perdían en la noche apacible, que graciosamente invitaba a quedarse a charlar. Como todo recuerdo es una noche archivada en la memoria que puede evocarse incansablemente: el cielo rojizo ocultando el sol, la casi noche sin viento, el pueblo que se va preparando para cenar. Paradójicamente, no recuerdo haber visto más generaciones congregándose ahí. Como si esa esquina llena de amistad perdiera su magia cuando se intentara darle un nombre o entidad con una placa que todavía permanece. O quizás todo se deba a que El Coloso dejó de atender o la Chola dejó de recibir a todos con su voz áspera de abuela sin mimos y mucho afecto. No sé. Quizás nuevas esquinas congreguen a nuevas generaciones o se transformen en metáforas de la amistad o el compañerismo, pero sin dudas, la Esquina de la Amistad –sin necesidad de decretos y normas- es ese lugar de la adolescencia de muchos, cubierto de tardes inolvidables, entre risas, cargadas y los gritos de la Chola.</p>
<p><strong>Gilgamesh.<em><br />
</em></strong></p>
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		<title>Cinefilia</title>
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		<pubDate>Fri, 01 Jan 2010 03:00:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Al Sur</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Yo Periodista]]></category>

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 El Viejo Cine es un boliche del pueblo. Pero hace muchos años, era sólo lo que su título indica: un cine. Dicho así parecería sólo un dato, pero en realidad era un lujo y un orgullo para todos. Contaba mi tío que allí se juntaban cada vez que jugaba Argentina en el Mundial de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em></p>
<div id="attachment_689" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><em><img class="size-medium wp-image-689" title="el viejo cine del Pueblo." src="http://www.alsurdigital.com/wp-content/uploads/2009/08/el-viejo-cine-del-Pueblo.-300x205.jpg" alt="El Viejo Cine." width="300" height="205" /></em><p class="wp-caption-text">El Viejo Cine.</p></div>
<p></em></p>
<p><em> El Viejo Cine es un boliche del pueblo. Pero hace muchos años, era sólo lo que su título indica: un cine. </em>Dicho así parecería sólo un dato, pero en realidad era un lujo y un orgullo para todos. Contaba mi tío que allí se juntaban cada vez que jugaba Argentina en el Mundial de 1978 y resonaban hasta la calle los gritos ante los goles de Kempes o algún cabezazo defensivo de Pasarella.  Mi padre, que también vio ese Mundial, igual tenía sus anécdotas: decía que una invitación al cine fue la primera cita con mi madre. Aprovechó “una de terror” y la invitó, sin decirle de qué se trataba. Decía que no se acordaba bien el argumento de la película pero que nunca se olvidó de la cara de mi madre, asustada y acurrucada en su pecho y los brazos de él consolándola. (Aunque mi madre siempre insiste en que ya sabía las intenciones de mi padre y que igualmente se apretujaba cada vez un poquito más, aunque la película no era tan terrorífica.)</p>
<div id="attachment_561" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-561" title="actos 100" src="http://www.alsurdigital.com/wp-content/uploads/2009/08/actos-100-300x184.jpg" alt="Programa." width="300" height="184" /><p class="wp-caption-text">Programa.</p></div>
<p>Yo también alcancé a disfrutar del cine durante mi niñez, y recuerdo que pasé allí uno de los mejores Días del Niño de mi vida. Habían organizado aquel domingo una función doble, con dibujos animados y una película infantil. Además de la entrada gratis repartían al ingresar una bolsita con golosinas: caramelos, chupetines y pochoclos. Fuimos con mi primo y mi hermano y después de mirar varios capítulos de <em>Tom y Jerry</em> y disfrutar de las aventuras de un extraño gato con poderes que vivía ayudando al simpático protagonista de la película, la tarde terminaba con chocolate, facturas y el sorteo de juguetes.</p>
<p>Nadie duda ya de que la memoria es selectiva y que los momentos más alegres junto a los más dolorosos son aquellos que encabezan el ranking de recuerdos casi marcados a fuego. Y si rememoro ese día con todos sus detalles es que sumada a esa tarde genial, terminé ganando un enorme yate de plástico que mis manos apenas podían abrazar. Todavía mis padres conservan ese juguete como una especie de trofeo extraño, que no es ni más ni menos que un recuerdo sobre un  estante. Junto a un par de irrompibles camiones Duravit y muñecos varios, el cine es un condimento más de una infancia sencilla y divertidísima.</p>
<p>La que sigue es historia conocida: con la llegada de la televisión, los videoclubs y el videocable sumado a los costos cada vez más altos para traer películas, hicieron que la pantalla del cine se fuera de a poco apagando. El lugar que llenó de magia a generaciones de personas terminó siendo un gigante dormido y abandonado. Luego una mueblería, luego un espacio vacío e inútil, finalmente un boliche. Es verdad que en estos tiempos audiovisuales podemos ver lo que queramos y como queramos: existen dvd comunes, portátiles, con entradas USB, estrenos de películas o bajadas de internet, legales o pirateadas, MP 4, 5 y no sé hasta qué número más. Pero la sala de cine es otra cosa. Es la cita ideal, el murmullo, la cercanía y el abrazo furtivo, la lágrima contenida para que no se den cuenta los demás, la risa general y el aplauso espontáneo. O por lo menos, para los que tuvimos la suerte de conocer ese cine, un cúmulo de buenas anécdotas: la historia de algún beso, de una salida con amigos, de una tarde distinta o la sonrisa de un nene ante las aventuras de un gato y un ratón. Como sea, su recuerdo no deja de ser una cuota de melancolía dentro de un mundo con más zapping pero menos magia.</p>
<p><em><strong>Gilgamesh.</strong></em></p>
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		<title>Espíritu Navideño</title>
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		<pubDate>Thu, 24 Dec 2009 03:49:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Al Sur</dc:creator>
				<category><![CDATA[Gilgamesh]]></category>
		<category><![CDATA[Yo Periodista]]></category>

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		<description><![CDATA[No es fácil definirlo, es más que nada una sensación, una suma de voluntades, un estado de ánimo compartido. No sé bien, pero el espíritu navideño existe.   Está presente en los pequeños detalles cotidianos: el saludo cordial en el almacén, la sonrisa siempre dispuesta en la panadería o el “felices fiestas para todos” saliendo de la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div><em>No es fácil definirlo, es más que nada una sensación, una suma de voluntades, un estado de ánimo compartido. No sé bien, pero el espíritu navideño existe.  </em> Está presente en los pequeños detalles cotidianos: el saludo cordial en el almacén, la sonrisa siempre dispuesta en la panadería o el “felices fiestas para todos” saliendo de la peluquería. Es una felicidad que se va contagiando, ya que todos tienen motivos para festejar: los chicos que no tienen que ir a la escuela, la mayoría de los padres que ya están de vacaciones –o por lo menos pululan de brindis en brindis de fin de año y el trabajo se relaja un poco-, el regreso de los chicos que estudian lejos de casa. Todo se potencia para que vivamos unas semanas de alegría compartida.</div>
<div id="attachment_2511" class="wp-caption alignleft" style="width: 160px"><img class="size-thumbnail wp-image-2511" title="jesus_asd" src="http://www.alsurdigital.com/wp-content/uploads/2009/12/jesus_asd-150x150.jpg" alt="Navidad" width="150" height="150" /><p class="wp-caption-text">Navidad</p></div>
<p>El primer rito que desde mi infancia marcaba el comienzo de esta época de fiesta era el armado del arbolito. Pacientemente mi padre sacaba cada una de las cajas con sus partes: los adornos, las luces, el muérdago, la estrella. Me parecía toda una ceremonia de iniciación y lo miraba extasiado. Tan importante me parecía que sólo me encargaba de alcanzar adornos para que mi padre lo fuese armando. Con los años, mi hermano más pequeño se convirtió en el ladero ideal al momento de preparar el árbol navideño y nosotros, cada vez más grandes, entendíamos a la distancia su alegría de niño que debe cumplir con el rito familiar. Cuando pienso en la navidad recuerdo un día que quizás sea la suma de varias navidades, porque la memoria suele sintetizar las vidas para resaltar algunos detalles y en algunos casos aunarlos. Lo cierto es que ya desde temprano mi casa estaba convulsionada ya que mis tías estaban reunidas ayudando a mi madre que hacía pan dulce para toda la familia. Por la ventana veía a mi madre amasando incansablemente mientras mi tía alcanzaba los puñados de frutas abrillantadas, pasas y nueces. Del horno surgía el aroma delicioso del pan dulce más exquisito que probé en mi vida y que recién disfrutaríamos a la noche y con suerte –si sobraba un poco- con los mates de la tarde siguiente. Así como mis tías estaban adentro soportando el calor del horno mis primos, mi hermano y yo disfrutábamos del día caluroso jugando a las escondidas.</p>
<p>De pantalón corto y con nuestras remeras gastadas pasamos toda la tarde jugando al sol hasta que llegó mi tío y casi al pasar nos preguntó porqué no estábamos persiguiendo a Papá Noel que al parecer estaba entregando juguetes en el centro del pueblo. Hacia allá partimos con mi hermano más pequeño y uno de mis primos, luego de pedir permiso insistentemente. No sabíamos a dónde era exactamente pero escuchábamos el bullicio de chicos gritando de felicidad y seguíamos el ruido. Hasta que lo vimos sobre la calle San Martín. Papá Noel estaba detrás de una vieja camioneta repleta de juguetes que avanzaba lentamente como en una procesión y una maraña de chicos corriendo detrás con las manos abiertas. Corrimos sin parar hasta que nos acoplamos a la multitud, justo cuando doblaban en una esquina. Me recuerdo corriendo frente a la plaza, cerca de la Comisaría y mis manos al vacío esperando que Papá Noel me viera. Como todos los juguetes estaban envueltos en papel de regalo nadie sabía qué podía tocarle. Podía ser una pelota, una muñeca o un camión de plástico. Rogaba por mi suerte mientras corría detrás de la camioneta y alcancé a ver a mi hermano que recibía un largo paquete. Casi de inmediato y sin darme cuenta mis manos también recibieron el regalo y dejé de correr. En la esquina nos juntamos mientras mirábamos alejarse a la camioneta y a su ejército de niños. A él le tocó un arco con tres flechas que terminaban en una punta de goma como una ventosa, de esas que se clavan en cualquier superficie y a mí una cámara de fotos de plástico, que imitaba el ruido del flash cuando se disparaba la foto. Por supuesto que hubiera preferido el arco y las flechas pero la cámara no estaba mal –peor suerte había tenido mi primo que recibió una muñeca que automáticamente regaló- y me pasé todo el resto del día y la semana sacando fotos imaginarias de mi familia: mi tío levantando su copa de vino brindando a la cámara, mis primos jugando a los penales, mi hermano disparándole las flechas al perro, mi tía –a escondidas- “probando” la ensalada rusa, mi abuela tomando un jugo de naranja, mi mamá poniendo la mesa y mi papá entre el humo y las brasas, cortando la carne del asado. Era un día perfecto. Después del baño llegarían la cena, la sobremesa, la misa del gallo y el brindis.</p>
<p>Aunque no lo parezca, la mayoría de las navidades de mi infancia fueron austeras, todo se resolvía con el aporte de lo que cada familia pudiera acercar: un poco de carne, la harina para el pan dulce, las frutas abrillantadas, el pan o la ensalada. Y así, todos pasábamos una fiesta diferente, sencilla pero alegre y divertida. Sólo recuerdo una vez en que la austeridad era extrema. Nadie duda de que se puede pasar una alegre Navidad sin necesidad de la garrapiñada y el pan dulce. Pero qué triste es no poder ni siquiera planificar una cena distinta, poder tener una botella de sidra para brindar o para invitar a quien pase a saludar. Siempre recuerdo esa navidad como si fuese una película porque tuvo su final feliz. Dos días antes de esa Navidad sin pan dulce, en uno de esos bingos que en el pueblo se siguen haciendo, mi padre ganó el premio mayor. Yo era casi un adolescente y estaba en la mesa con él. No recuerdo cuantos premios había pero a medida que no ganaba ninguno, mi padre decía –como sigue haciendo cada vez que juega un bingo- “el que viene lo gano”. El tema fue que no se cumplió lo que generalmente sucedía –creo que sólo ganó dos premios importantes en su vida jugando bingos-. Nadie esperaba ese premio y yo ni prestaba atención cuando iba tachando números. Hasta que dijo, asombrado y sonriendo, “me faltan tres” y dos números después, “ahora dos” y más tarde, sólo uno. Ansiosos y atónitos no podíamos creer que realmente podíamos ganar, que estábamos sólo a un número del premio. Me hubiese gustado acordarme cuál fue ese último número pero lo cierto fue que salió y mi padre gritó ante la multitud de jugadores “¡bingo!” y todos aplaudieron. Recuerdo esa noche porque cambió la suerte de esa Navidad finalmente repleta de garrapiñada y pan dulce y porque mi padre me dio esa misma noche un billete de esos que le dieron y permiso para que saliera con mis amigos. ¿Serían cincuenta pesos de los actuales o cincuenta mil australes? No recuerdo la cifra pero alcanzó para que con mis amigos comiéramos una picada y tomáramos algo en uno de los primeros pubs que surgieron en el pueblo.</p>
<p>Fue algo así como una especie de “suerte navideña”. Aunque pienso que si no hubiese sido así, igual la hubiéramos pasado bien. Porque siempre mantuvimos intacto nuestro “espíritu navideño”, la alegría de la reunión familiar más allá de la garrapiñada. O por lo menos es lo que quiero imaginar, porque habrá quien piense en las Fiestas como una reunión más, o quien descrea del “espíritu navideño”. Quizás los tiempos han cambiado mucho y existen menos cosas por las cuales festejar. Aunque lo dudo. Los tiempos pasados fueron buenos y generan nostalgia pero espero ansioso el futuro y sus incertidumbres. Mi mejor respuesta me la dan los ojos enormes, hermosos y curiosos de mi hija pequeña, que ríe cuando ve parpadear las luces del arbolito y regala su sonrisa llena de luz a la imagen de Papá Noel que está colgada de la puerta. No lo sabe pero está asistiendo al rito de la Navidad que descubrirá con el tiempo. Y nosotros seguiremos reafirmando que siempre siguen existiendo motivos para la reunión familiar y el festejo. Porque la Navidad es sobre todo la pausa momentánea que permite el reencuentro, el abrazo y la alegría, el espacio en el que nos reímos de las anécdotas del pasado, recordamos a los que ya no están y sobre todo, el momento para comenzar a cerrar un año y a proyectar nuestros anhelos hacia el futuro.</p>
<p><em>Gilgamesh</em></p>
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		<title>El Doctor.</title>
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		<pubDate>Fri, 11 Dec 2009 03:01:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Al Sur</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Yo Periodista]]></category>

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		<description><![CDATA[Pocas veces los nombres elegidos para plazas, edificios e instituciones fueron tan bien nominados como hicieron con el Hogar de Ancianos de mi pueblo, que rescata del olvido la figura del doctor Víctor Duimo Baleta. No sólo porque el homenaje es merecido por ser un ejemplo de profesionalismo, humildad y dedicación, sino porque su relación [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_2445" class="wp-caption alignleft" style="width: 160px"><img class="size-thumbnail wp-image-2445" title="100_9386_asd" src="http://www.alsurdigital.com/wp-content/uploads/2009/12/100_9386-150x150.jpg" alt="Hogar de Ancianos. Dr Víctor Baleta." width="150" height="150" /><p class="wp-caption-text">Hogar de Ancianos. Dr Víctor Baleta.</p></div>
<p><em>Pocas veces los nombres elegidos para plazas, edificios e instituciones fueron tan bien nominados como hicieron con el Hogar de Ancianos de mi pueblo, que rescata del olvido la figura del doctor Víctor Duimo Baleta. No sólo porque el homenaje es merecido por ser un ejemplo de profesionalismo, humildad y dedicación, sino porque su relación con los ancianos era especialmente paternal. Contaba mi madre que en ocasiones más que dolores de espalda o estómago, las consultas con los abuelos no eran más que excusas inocentes para las charlas agradables o los momentos de desahogo, en las que el doctor hacía de psicólogo. Algo de eso debe ser cierto, porque recuerdo más de una dolencia de mi abuela que mágicamente curaba la presencia del doctor, la sonrisa cálida y su voz firme y serena.   </em></p>
<p>Por supuesto que el doctor no sólo atendía a los ancianos. Yo también desde chico lo visité regularmente de la mano de mi madre. Cada visita entrañaba una serie de pasos inevitables hasta ver al doctor: me gustaba entrar en ese pasadizo oscuro de la entrada –mezcla de garaje y cueva en penumbras- aunque no me agradaba tanto esperar en la sala pequeña y silenciosa. Si bien mi impaciencia de niño recuerda largas esperas me cuenta mi madre que el doctor era reconocido entre tantas cualidades por su puntualidad. Lo que sí era imposible de olvidar cuando abría la puerta era su voz de locutor que emergía de las entrañas del consultorio e invitaba a pasar. Y la entrada a ese lugar siempre me pareció la llegada a un recinto sagrado o por lo menos, la posibilidad de penetrar por un instante dentro de un espacio que no había que interrumpir por mucho tiempo. Todo estaba en perfecto equilibrio: el olor -que si puede recordarse es imposible de trasmitir en palabras- que mezclaba el cuero de los sillones con el perfume de limpieza encerrada –si existe tal sensación, en una combinación de Blem con algún producto de aroma agradable propio de farmacia u hospital-; la luz tenue de las lámparas en el ámbito oscuro y las rendijas de las persianas que dejaban vislumbrar apenas algunos destellos del sol agazapado y la extraña calidez que hacía que estuviese fresco los días de calor y tibio y confortable durante el riguroso invierno.</p>
<p>Recuerdo además, la colección de libros de literatura universal de la biblioteca que tenía en una de las paredes, los cuadros enmarcando títulos y cursos y una gigantesca foto que por alguna razón que no pretendo analizar recuerdo detalladamente: eran muchísimas personas sentadas en una charla o simposio, mirando a alguien que exponía pero que no se veía y entre la primera fila aparecía el doctor. Mucho más joven, con las piernas cruzadas, observando atentamente. Quizás recuerdo con tanto detalle esa foto porque en cada visita, mientras me sentaba en una especie de camilla que el doctor tenía lo buscaba con la mirada. Y siempre aparecía él, detenido en el tiempo, sentado en esa primera fila entre la muchedumbre de médicos desconocidos. La consulta terminaba en la parte que más me gustaba del consultorio, en un pequeño espacio hacia el fondo de la habitación donde estaba el escritorio. Luego de sentarnos con mi madre, el doctor tomaba su lapicera de tinta y escribía la receta. Ese es el momento que me agradaba, el silencio que ocupaba el espacio, la luz de la lámpara que sólo iluminaba la mesa y el sonido de la lapicera que rasgaba el papel y lo llenaba de palabras. (Siempre quise tener una lapicera así, que rompiera de esa manera el silencio de la tarde pero cómo lograr comprar ese silencio, esa luz única y ese perfume de consultorio).</p>
<p>No sé cómo funcionaba la burocracia médica en aquellos tiempos, pero los que conocieron al doctor Baleta sabían que no era necesario llegar con la orden de consulta ante cualquier urgencia y que siempre existía la posibilidad de consultarlo en cualquier horario. Y en casos especiales, aparecía en cualquier momento de la noche ante un llamado desesperado. A mi abuela también la atendió durante mucho tiempo y recuerdo especialmente una noche de varias en las que llamamos al doctor, porque una inyección que le había recetado un especialista le causaba mucho dolor. Llegó como siempre con su maletín a cuestas y su sonrisa imperturbable. Recetó unos remedios, charló con mi abuela y se quedó horas con nosotros, hasta que mi abuela se calmó y se durmió. Yo ya no era un niño, pero seguía mirando al hombre de la foto, cada vez más grande pero siempre calmo y cordial. Y de madrugada se marchó, satisfecho y sonriente, como siempre.              </p>
<p>  Calculo que deben seguir existiendo doctores así, laboriosos y serviciales, que como el doctor Baleta hacen de la puntualidad una cualidad, que dan muestras gratis para que no gasten los que no pueden pagar un remedio o se toman un tiempo extra cuando alguno de los abuelos necesita desahogarse. Espero que sí, aunque difícilmente se repita un ejemplo tan cabal. No dejar que el nombre del Hogar de Ancianos se transforme sólo en una nominación más es quizás una tarea titánica contra el tiempo y las memorias cada vez más frágiles. Para eso están las fotos y las palabras, que de alguna manera congelan un recuerdo y lo hacen eterno. Este relato –incompleto y arbitrario- y esa foto rescatada del olvido no hacen más que recordar fugazmente la figura de un doctor que sin dudas todavía permanece en la memoria del pueblo, que anónima pero irrefutablemente sabe porqué el nombre del Hogar es un pequeño homenaje y tal vez, una ínfima victoria contra el olvido. </p>
<p> <em>Gilgamesh</em></p>
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		<title>Campanadas</title>
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		<pubDate>Fri, 27 Nov 2009 03:00:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Al Sur</dc:creator>
				<category><![CDATA[Gilgamesh]]></category>
		<category><![CDATA[Yo Periodista]]></category>

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		<description><![CDATA[Cada vez que vislumbro el mes de diciembre en el horizonte próximo y la presencia cada vez más palpable de las fiestas, recuerdo una vez más a mi abuela y por una serie de asociaciones que no revisten explicación, la presencia de la ya centenaria Iglesia de mi pueblo. Sé el porqué de esa relación: [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_2246" class="wp-caption alignleft" style="width: 160px"><img class="size-thumbnail wp-image-2246" title="sep. 25 interior iglesia" src="http://www.alsurdigital.com/wp-content/uploads/2009/11/sep.-25-interior-iglesia-150x150.jpg" alt="Parroquia PSC. Exaltación de la Santa Cruz." width="150" height="150" /><p class="wp-caption-text">Parroquia PSC. Exaltación de la Santa Cruz.</p></div>
<p>Cada vez que vislumbro el mes de diciembre en el horizonte próximo y la presencia cada vez más palpable de las fiestas, recuerdo una vez más a mi abuela y por una serie de asociaciones que no revisten explicación, la presencia de la ya centenaria Iglesia de mi pueblo. Sé el porqué de esa relación: la famosa misa del gallo, a la que mi abuela infaltablemente asistía cada año. Era un rito en sí mismo, más allá de las propias convicciones religiosas. Y yo la acompañé durante muchos años, antes que nada intrigado, porque alguien me había contado que la misa se llamaba así porque en un momento dejaban escapar un gallo para que alguno de los presentes lo atrape. No entendía por qué lo hacían, pero ansiosamente esperaba -en vano- ver luchar al animal y picotear sin cesar hasta zafarse de las manos de los feligreses, que imaginaba presentes sólo para eso. Y frustrado volvía de la mano de mi abuela, mientras ella reía por mis preguntas, apurados para llegar a la casa donde el resto de la familia esperaba entre la garrapiñada y el pan dulce.</p>
<p>Ese quizás sea el primer recuerdo de la relación con una Iglesia que aparece una y otra vez en mi vida y sobre todo en la de mi abuela y que en su caso se extiende hasta el último minuto de su vida. Aún sigo maravillándome como la primera vez de la belleza de la parroquia cada vez que paso frente a ella y al igual que cualquiera que la conozca, no dejo de recomendar, orgulloso, a visitantes ocasionales, amigos y parientes lejanos que la visiten y admiren, como una reliquia o un museo. Con cien años recién cumplidos, su historia es conocida por todos: de la mano de la congregación salesiana y gracias al aporte de toda la comunidad que aportó plata para el terreno, se funda en 1909 la Iglesia Exaltación de la Santa Cruz. De ese relato siempre me fascinó el dato del largo viaje que tuvieron que realizar desde Turín el Cristo articulado, las campanas, los vitrales y el reloj, entre otros elementos. Imagino un enorme barco que durante semanas soporta el oleaje y el aire de mar, las lluvias y el sol, que atraviesa el océano y todas sus mitologías para llegar al otro lado del mundo a revestir de gloria y belleza una Iglesia del sur argentino.</p>
<p>Como suele suceder no recuerdo el primer momento dentro de la  Iglesia, pero fue bien temprano, porque me bautizaron ahí. Pero ese fue sólo el comienzo porque la relación es extensa: en algún momento fui monaguillo, cursé catequesis, hice mi confirmación, se casaron mis primas, bautizaron a sus hijos y calculo que la historia continuará. Rescato varias cosas de toda una vida tamizada por la Iglesia, entre ellas, la fundamental figura de los sacerdotes, que en algunos casos se convierten con los años en personajes del pueblo. Mi padre me cuenta de Pastore, Tardivo, Ticó (famoso por ser un sacerdote nacido en el pueblo) y Alfaya. A este último lo llegué a conocer en unas pocas misas en que lo vi, con su enorme barba y su especial vozarrón, ideal para sus extensas homilías -aunque en realidad me dice mi padre que se especializaba en retos colectivos muy explícitos. Yo también recuerdo a algunos: a Ruiz, al padre Soto –tan querible con sus actualizados sermones y sus inconfundibles “che” con los que trataba a todo el mundo- y sobre todo a Carlos Ángel, el sacerdote que se encargaba de llevarle la misa a la casa a mi abuela, los últimos años cuando ya no podía levantarse. Aparecía los sábados a la mañana, cordial y de buen humor como siempre y charlaban largo tiempo con mi abuela para finalmente, como manda el rito, dejar que ella comulgue. Siempre se repetía así, inclusive la despedida, cuando me decía “hace rato que no te veo por la Iglesia”, casi al pasar y con una memoria infalible. Lo recuerdo como un personaje simpático pero frontal y comprometido. De hecho, viene a mi memoria un lejano Tedeum previo a un 25 de mayo al que asistimos con el colegio. La parroquia estaba llena de gente. Las autoridades en los primeros asientos y las banderas y delegaciones de colegios a los costados. El sermón no fue extenso pero conciso y claro. El sacerdote, frente a las mismas autoridades, renegaba de una noticia de la semana, según la cual los legisladores habían ampliado sus dietas. Sin golpes bajos ni indirectas la homilía se encargaba de remarcar un hecho que no habían tocado ni radios ni periódicos. Como suele suceder, recuerdo luego polémicas y declaraciones opinando sobre la pertinencia o no de esos discursos en fechas patrias. Recuerdo al propio sacerdote volviendo a reafirmar sus dichos por las radios del pueblo. Y si bien nunca supe si se concretó o no el renombrado aumento, su figura en cierto sentido se agigantó en mi recuerdo, quizás porque de repente me di cuenta de que no era sólo una figura decorativa con sotana.</p>
<p>No recuerdo cómo sonaron las campanas ese día, pero seguro que distinto a todo lo que había escuchado, porque no sé si lo dije pero estoy convencido de que las campanas suenan distinto de acuerdo a la ceremonia que se celebre. En mi fugaz paso como monaguillo contemplé desde abajo las campanas y las largas sogas, supe de la fuerza para lograr que repiquen de una u otra manera y siempre que las escucho pienso en las pulsaciones necesarias para lograr el ritmo justo que la ceremonia requiere. Los casamientos, bautismos y confirmaciones necesitan que las campanas vibren distinto, se nota en esos momentos la agitación alegre, el chocar brusco y alocado de las campanas que se unen al festejo. Pero sobre todo, no existe un tañido más doloroso que el que acompaña a un sepelio. Porque mi abuela también asistió a esa ceremonia en su querida parroquia. Las lágrimas que nunca son pocas se tornan más tristes cuando se escucha el tañido lastimero de la campana que toca sin querer una fibra íntima, un resorte del corazón que recuerda su latido doloroso con su golpe, certero, ensordecedor y con ritmo cansino. De ese día, sólo recuerdo ese sonido que ahonda el dolor de la pérdida, el silencio respetuoso y la tristeza familiar. Igualmente, la historia de mi abuela, que es parte de mi historia es un fragmento del relato de nuestra parroquia. Por eso, todos los años cuando se acerca diciembre, prefiero recordar a la familia reunida que nos espera sobre la mesa navideña y sobre todo, nuestro paso acelerado por la noche del pueblo, mientras escuchamos la alegría que se desprende de las casas que se preparan para recibir otra Navidad y a mi abuela sonriendo con picardía sin contestarme cuándo va a aparecer el famoso gallo de Nochebuena.</p>
<p><em> Gilgamesh</em></p>
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