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Publicación Quincenal
Puerto Santa Cruz
11 Marzo 2010
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Yo Periodista

Vacaciones

Jueves, 28 Enero, 2010

Mi amigo de La Plata todavía se sigue asombrando de la foto familiar que tengo enmarcada en la pared de mi casa: mis dos hermanos y yo, torso desnudo y amplia sonrisa, en la costanera del pueblo. Adolescente yo, un nene mi hermano, un bebé el menor, los tres miramos la cámara y disfrutamos del sol. Mi amigo no sólo no cree que esa playa es la de Puerto Santa Cruz, sino que también descree de mi relato cuando le cuento que acto seguido, con mi hermano corríamos a toda velocidad para zambullirnos de cabeza en las aguas siempre frías de la ría. El que se introducía primero y más lejos ganaba la carrera y todos los años la jugábamos ante la sonriente mirada de mi padre y los gritos preocupados de mi madre que con cierto toque teatral nos quería hacer creer que si íbamos más lejos una enorme correntada nos atraparía. Entiendo la desconfianza de mi amigo, porque no puede creer que los veranos de hace muchos años en el pueblo sean como yo le cuento que eran: calurosos y con lluvias escasas.

Para nosotros, las vacaciones familiares nunca cruzaban los lindes del pueblo y nunca nos aburrimos. Por supuesto que cuando se es un niño cuesta no encontrar un motivo cualquiera para jugar, pero mi recuerdo de las vacaciones incluyen a mi familia, que aprovechaba el tiempo para pasarla bien, sin necesidad de viajar muy lejos. Entre aquellos veranos, recuerdo los infaltables viajes al “pozón”, cerca de un faro escondido y olvidado camino a Punta Quilla. Era la excusa perfecta para mi padre y mis tíos, amantes de la pesca, que pasaban mañanas y tardes enteras con la caña en la mano y el torso al sol, mientras mi madre y mis tías cebaban mate y mis primos y yo correteábamos entre las matas, buscando calafate y jugando a las escondidas. Todo recuerdo conlleva siempre la sensación del momento y esos fascinantes viajes de mi infancia van acompañados siempre de la sensación de enorme felicidad. Desde la mañana temprano esperábamos la vieja camioneta amarilla de mi tío para subirnos detrás junto a mis primos y salir, con el viento de verano en la cara rumbo al puerto. Alguien definió que la felicidad es la suma de los pequeños y efímeros momentos de alegría que la memoria se encarga de juntar y el viaje por la ruta a Punta Quilla, agarrados de alguno de los caños de la camioneta, mirando a mi hermano sentado concentrado con algún juguete y el paisaje único del río que se pierde más allá del puerto es sin dudas, una de aquellas fotos imborrables de mi vida. Nada superaba los bifes en la enorme plancha que mi padre todavía conserva ni los budines caseros de mi tía que acompañaban los mates de la tarde. De esos viajes recuerdo las visitas a Monte León y las infaltables fotos en la Olla o los partidos de fútbol familiares para coronar una tarde en la Isla Pavón.  

colonia de vacaciones PSC

colonia de vacaciones PSC

Pero no existe para un niño en Puerto Santa Cruz nada más divertido en el verano que las colonias de vacaciones. Y yo también participé de sus actividades desde muy pequeño y hasta que la edad me lo permitió. No existe un rincón del pueblo que no se haya recorrido con las colonias, desde la ya legendaria plaza, pasando por costanera y puerto hasta los lugares que más ansiábamos: Cañadón Misioneros y los cinematográficos Arenales, la Pingüinera, la chacra municipal, el aeropuerto, la Toma o la Rural –el viejo camping era un clásico con su canchita y sus extrañas aguas termales-. Era un mes cargado de aventuras y juegos, que siempre estaba coronado con un campamento a la Cordillera. Nos encantaba Calafate, pero en realidad esperábamos que nos tocara uno de esos lugares inhóspitos para nosotros, cercano a alguna estancia alejada, en los que pasábamos una semana de auténtico campamento. Construíamos los baños, armábamos un enorme pozo para el fuego de la cocina y la colosal carpa que aportaba el Ejército en la que cabía toda la delegación de niños. De esos viajes recuerdo miles de anécdotas: cuando jugando a “luces y sonidos” uno de los choferes se quedó dormido y no podíamos completar el juego; la vez que subiendo a uno de los montes nos cruzamos con un auténtico puma patagónico y uno de nuestros acompañantes, el legendario don Torres se acercaba con un grueso palo hasta casi tocarlo –él decía que podía cazarlo- y una vez que tuvimos que soportar tres días seguidos la persistente lluvia y sus consecuencias.

campamentos de verano

campamentos de verano

De esos viajes también tengo una foto que esconde un recuerdo más extenso. Abrazados con mi hermano debajo de las aguas congeladas de un chorrillo, tratando de esbozar la sonrisa detrás de los dientes apretados e insistiéndole al que tomaba la foto para que se apurara. Era uno de los momentos de aseo colectivo que todos sabíamos que nos tocaría. Era una tarde en la que salíamos después de almorzar, una larga caminata a través del campo, bajando y subiendo caminos hasta llegar a una cascada maravillosa. Desde lejos comenzaba a verse el hilo de agua cristalina que a la distancia parecía insignificante y a medida que nos acercábamos se transformaba en un torrente que caía con violencia en un pozo de agua y se transformaba en un pequeño río que se hacía paso entre las enormes piedras. Todos aprovechábamos para mojarnos y bañarnos, inclusive algunas chicas sacaban de sus mochilas algún champú para lavarse el pelo y así pasábamos la tarde. Y sólo algunos –de ahí surge la foto- se animaban a pasar unos segundos debajo de la cascada que caía vertiginosa. Luego los profesores hacían fuego para que nos secáramos mientras repartían el jugo y las galletitas que habían llevado para la merienda. Cuando el sol comenzaba a esconderse volvíamos cantando y limpitos, por lo menos hasta que comenzara un nuevo juego por la mañana.

  Por supuesto que nadie va a dudar de lo placentero que es pasar unas vacaciones en el norte del país, tostándose en una playa de la costa atlántica o alquilando por unos días una casa con pileta. No quiero caer en un lugar común y decir que no hay sitio como mi pueblo para vacacionar, porque no es cierto pero los recuerdos y la nostalgia de la niñez son más poderosos que cualquier espacio físico. Cada cual recordará en su memoria las vacaciones de la infancia y sus sensaciones, así como yo no logro despegar la mía de las postales humildes y sencillas que poblaron cada minuto de mi niñez. El viento en la cara camino al faro olvidado, la rauda carrera al río mientras escucho la risa infatigable de mi hermano, su abrazo debajo del chorrillo helado en la cordillera, el olor del churrasco del almuerzo y la sonrisa. Siempre la sonrisa inevitable, que acompaña cada fotografía. Las que conservo y las que nunca se sacaron, esas que se quedaron para siempre ahí, inalterables y adosadas inexorablemente a los rincones de mi pueblo.

Gilgamesh.

De esquinas y amistades.

Martes, 12 Enero, 2010

La amistad, que ha sido elogiada, definida y parafraseada, ha servido de base a poemas, novelas, cuentos, películas y óperas, entre otras expresiones artísticas. En Puerto Santa Cruz, también tiene una calle, o mejor dicho, una esquina: San Martín y 9 de julio. No es una broma. Hace años, precisamente en 1990 mediante una disposición municipal, ese lugar fue bautizado como “La esquina de la amistad”. Para los que olvidaron el detalle, esa decisión tiene una historia detrás que al igual que el cine u otros locales forman parte de la historia cálida y melancólica de nuestro pueblo.

El Coloso desde adentro.

El Coloso desde adentro.

En ese lugar, en el que actualmente existe un local comercial, se ubicaba una legendaria tienda por la que pasaron generaciones: El Coloso. Cuenta Don Oroz en su libro que la buena disposición de su dueño Selig Besen –pero sobre todo la belleza de sus hijas- eran una causa más que suficiente para citarse obligadamente con varios amigos en esa esquina.

El “andar cansino y la sonrisa franca” de Don Américo, el nuevo dueño, no afectó la cita obligada de las tardes, en las que grupos de adolescentes se congregaban religiosamente a ver la gente pasar o a charlar sobre la actualidad del Sportivo o del Atlético.

Eso es lo que dicen pero yo, que soy de la generación siguiente, recuerdo otras charlas y sobre todo, a otra persona: a Doña Chola, la hermana de Américo. Amiga y vecina por años de mi abuela, era gracioso verlas cada vez que íbamos a comprar un par de medias, un pantalón o una campera. Eran capaces de charlar por horas antes y después de una compra de diez minutos.

Recuerdo la risa de mi abuela provocada por la mirada ácida y lúcida de “la” Chola. Alta, corpulenta y canosa transmitía mucho afecto sin apelar a la caricia de abuela que pellizca mejillas. Pero de todas sus características recuerdo su voz ronca y desenfadada, su ritmo cadencioso, su postura detrás del mostrador, como la dueña de un bar sirviendo una copa más.

Cuenta mi madre que era habitual encontrarse a la Chola prestando el mostrador del Coloso para que alguien cambie los pañales a su bebé o la infaltable presencia de los mates que cebaba sin falta cada tarde y que inevitablemente disfrutaban los ocasionales compradores y ni hablar de las “cómodas cuotas” o cualquier prenda como parte de pago para saldar una deuda.

Doña Chola, cuando Joven

Doña Chola, cuando Joven

Eximia cocinera de pasta italiana –se hicieron famosos sus agnolotis y en algunos casos toda una cábala- vio pasar generaciones de adolescentes frente a su negocio. Entre ellos, mi grupo de amigos, porque nosotros también pasamos tardes enteras mirando pasar a las chicas del pueblo y filosofando de fútbol y noticias del día. Es extraño porque nadie nos enseñó a compartir los momentos justo ahí, en ese lugar. Y sin embargo, nosotros también sucumbimos a las vidrieras con amplio marco, apto para el asiento masivo. Por eso nos sorprendimos esa tarde, cuando nos contaron que pensaban declarar esquina de la amistad justo ese lugar. Recién nos dimos cuenta de que estábamos cumpliendo un rito más profundo y lejano, la de generaciones de puertosantacruceños, atorrantes, jóvenes y ociosos homenajeando una historia de encuentros.

Como siempre, sólo cuento lo que vi. Fui una de las treinta personas que ese día a las ocho de la noche escuchó la disposición municipal con la banda Joaquín Andreu de fondo y los aplausos que se perdían en la noche apacible, que graciosamente invitaba a quedarse a charlar. Como todo recuerdo es una noche archivada en la memoria que puede evocarse incansablemente: el cielo rojizo ocultando el sol, la casi noche sin viento, el pueblo que se va preparando para cenar. Paradójicamente, no recuerdo haber visto más generaciones congregándose ahí. Como si esa esquina llena de amistad perdiera su magia cuando se intentara darle un nombre o entidad con una placa que todavía permanece. O quizás todo se deba a que El Coloso dejó de atender o la Chola dejó de recibir a todos con su voz áspera de abuela sin mimos y mucho afecto. No sé. Quizás nuevas esquinas congreguen a nuevas generaciones o se transformen en metáforas de la amistad o el compañerismo, pero sin dudas, la Esquina de la Amistad –sin necesidad de decretos y normas- es ese lugar de la adolescencia de muchos, cubierto de tardes inolvidables, entre risas, cargadas y los gritos de la Chola.

Gilgamesh.

Cinefilia

Viernes, 1 Enero, 2010

El Viejo Cine.

El Viejo Cine.

El Viejo Cine es un boliche del pueblo. Pero hace muchos años, era sólo lo que su título indica: un cine. Dicho así parecería sólo un dato, pero en realidad era un lujo y un orgullo para todos. Contaba mi tío que allí se juntaban cada vez que jugaba Argentina en el Mundial de 1978 y resonaban hasta la calle los gritos ante los goles de Kempes o algún cabezazo defensivo de Pasarella.  Mi padre, que también vio ese Mundial, igual tenía sus anécdotas: decía que una invitación al cine fue la primera cita con mi madre. Aprovechó “una de terror” y la invitó, sin decirle de qué se trataba. Decía que no se acordaba bien el argumento de la película pero que nunca se olvidó de la cara de mi madre, asustada y acurrucada en su pecho y los brazos de él consolándola. (Aunque mi madre siempre insiste en que ya sabía las intenciones de mi padre y que igualmente se apretujaba cada vez un poquito más, aunque la película no era tan terrorífica.)

Programa.

Programa.

Yo también alcancé a disfrutar del cine durante mi niñez, y recuerdo que pasé allí uno de los mejores Días del Niño de mi vida. Habían organizado aquel domingo una función doble, con dibujos animados y una película infantil. Además de la entrada gratis repartían al ingresar una bolsita con golosinas: caramelos, chupetines y pochoclos. Fuimos con mi primo y mi hermano y después de mirar varios capítulos de Tom y Jerry y disfrutar de las aventuras de un extraño gato con poderes que vivía ayudando al simpático protagonista de la película, la tarde terminaba con chocolate, facturas y el sorteo de juguetes.

Nadie duda ya de que la memoria es selectiva y que los momentos más alegres junto a los más dolorosos son aquellos que encabezan el ranking de recuerdos casi marcados a fuego. Y si rememoro ese día con todos sus detalles es que sumada a esa tarde genial, terminé ganando un enorme yate de plástico que mis manos apenas podían abrazar. Todavía mis padres conservan ese juguete como una especie de trofeo extraño, que no es ni más ni menos que un recuerdo sobre un  estante. Junto a un par de irrompibles camiones Duravit y muñecos varios, el cine es un condimento más de una infancia sencilla y divertidísima.

La que sigue es historia conocida: con la llegada de la televisión, los videoclubs y el videocable sumado a los costos cada vez más altos para traer películas, hicieron que la pantalla del cine se fuera de a poco apagando. El lugar que llenó de magia a generaciones de personas terminó siendo un gigante dormido y abandonado. Luego una mueblería, luego un espacio vacío e inútil, finalmente un boliche. Es verdad que en estos tiempos audiovisuales podemos ver lo que queramos y como queramos: existen dvd comunes, portátiles, con entradas USB, estrenos de películas o bajadas de internet, legales o pirateadas, MP 4, 5 y no sé hasta qué número más. Pero la sala de cine es otra cosa. Es la cita ideal, el murmullo, la cercanía y el abrazo furtivo, la lágrima contenida para que no se den cuenta los demás, la risa general y el aplauso espontáneo. O por lo menos, para los que tuvimos la suerte de conocer ese cine, un cúmulo de buenas anécdotas: la historia de algún beso, de una salida con amigos, de una tarde distinta o la sonrisa de un nene ante las aventuras de un gato y un ratón. Como sea, su recuerdo no deja de ser una cuota de melancolía dentro de un mundo con más zapping pero menos magia.

Gilgamesh.

Espíritu Navideño

Jueves, 24 Diciembre, 2009
No es fácil definirlo, es más que nada una sensación, una suma de voluntades, un estado de ánimo compartido. No sé bien, pero el espíritu navideño existe.   Está presente en los pequeños detalles cotidianos: el saludo cordial en el almacén, la sonrisa siempre dispuesta en la panadería o el “felices fiestas para todos” saliendo de la peluquería. Es una felicidad que se va contagiando, ya que todos tienen motivos para festejar: los chicos que no tienen que ir a la escuela, la mayoría de los padres que ya están de vacaciones –o por lo menos pululan de brindis en brindis de fin de año y el trabajo se relaja un poco-, el regreso de los chicos que estudian lejos de casa. Todo se potencia para que vivamos unas semanas de alegría compartida.
Navidad

Navidad

El primer rito que desde mi infancia marcaba el comienzo de esta época de fiesta era el armado del arbolito. Pacientemente mi padre sacaba cada una de las cajas con sus partes: los adornos, las luces, el muérdago, la estrella. Me parecía toda una ceremonia de iniciación y lo miraba extasiado. Tan importante me parecía que sólo me encargaba de alcanzar adornos para que mi padre lo fuese armando. Con los años, mi hermano más pequeño se convirtió en el ladero ideal al momento de preparar el árbol navideño y nosotros, cada vez más grandes, entendíamos a la distancia su alegría de niño que debe cumplir con el rito familiar. Cuando pienso en la navidad recuerdo un día que quizás sea la suma de varias navidades, porque la memoria suele sintetizar las vidas para resaltar algunos detalles y en algunos casos aunarlos. Lo cierto es que ya desde temprano mi casa estaba convulsionada ya que mis tías estaban reunidas ayudando a mi madre que hacía pan dulce para toda la familia. Por la ventana veía a mi madre amasando incansablemente mientras mi tía alcanzaba los puñados de frutas abrillantadas, pasas y nueces. Del horno surgía el aroma delicioso del pan dulce más exquisito que probé en mi vida y que recién disfrutaríamos a la noche y con suerte –si sobraba un poco- con los mates de la tarde siguiente. Así como mis tías estaban adentro soportando el calor del horno mis primos, mi hermano y yo disfrutábamos del día caluroso jugando a las escondidas.

De pantalón corto y con nuestras remeras gastadas pasamos toda la tarde jugando al sol hasta que llegó mi tío y casi al pasar nos preguntó porqué no estábamos persiguiendo a Papá Noel que al parecer estaba entregando juguetes en el centro del pueblo. Hacia allá partimos con mi hermano más pequeño y uno de mis primos, luego de pedir permiso insistentemente. No sabíamos a dónde era exactamente pero escuchábamos el bullicio de chicos gritando de felicidad y seguíamos el ruido. Hasta que lo vimos sobre la calle San Martín. Papá Noel estaba detrás de una vieja camioneta repleta de juguetes que avanzaba lentamente como en una procesión y una maraña de chicos corriendo detrás con las manos abiertas. Corrimos sin parar hasta que nos acoplamos a la multitud, justo cuando doblaban en una esquina. Me recuerdo corriendo frente a la plaza, cerca de la Comisaría y mis manos al vacío esperando que Papá Noel me viera. Como todos los juguetes estaban envueltos en papel de regalo nadie sabía qué podía tocarle. Podía ser una pelota, una muñeca o un camión de plástico. Rogaba por mi suerte mientras corría detrás de la camioneta y alcancé a ver a mi hermano que recibía un largo paquete. Casi de inmediato y sin darme cuenta mis manos también recibieron el regalo y dejé de correr. En la esquina nos juntamos mientras mirábamos alejarse a la camioneta y a su ejército de niños. A él le tocó un arco con tres flechas que terminaban en una punta de goma como una ventosa, de esas que se clavan en cualquier superficie y a mí una cámara de fotos de plástico, que imitaba el ruido del flash cuando se disparaba la foto. Por supuesto que hubiera preferido el arco y las flechas pero la cámara no estaba mal –peor suerte había tenido mi primo que recibió una muñeca que automáticamente regaló- y me pasé todo el resto del día y la semana sacando fotos imaginarias de mi familia: mi tío levantando su copa de vino brindando a la cámara, mis primos jugando a los penales, mi hermano disparándole las flechas al perro, mi tía –a escondidas- “probando” la ensalada rusa, mi abuela tomando un jugo de naranja, mi mamá poniendo la mesa y mi papá entre el humo y las brasas, cortando la carne del asado. Era un día perfecto. Después del baño llegarían la cena, la sobremesa, la misa del gallo y el brindis.

Aunque no lo parezca, la mayoría de las navidades de mi infancia fueron austeras, todo se resolvía con el aporte de lo que cada familia pudiera acercar: un poco de carne, la harina para el pan dulce, las frutas abrillantadas, el pan o la ensalada. Y así, todos pasábamos una fiesta diferente, sencilla pero alegre y divertida. Sólo recuerdo una vez en que la austeridad era extrema. Nadie duda de que se puede pasar una alegre Navidad sin necesidad de la garrapiñada y el pan dulce. Pero qué triste es no poder ni siquiera planificar una cena distinta, poder tener una botella de sidra para brindar o para invitar a quien pase a saludar. Siempre recuerdo esa navidad como si fuese una película porque tuvo su final feliz. Dos días antes de esa Navidad sin pan dulce, en uno de esos bingos que en el pueblo se siguen haciendo, mi padre ganó el premio mayor. Yo era casi un adolescente y estaba en la mesa con él. No recuerdo cuantos premios había pero a medida que no ganaba ninguno, mi padre decía –como sigue haciendo cada vez que juega un bingo- “el que viene lo gano”. El tema fue que no se cumplió lo que generalmente sucedía –creo que sólo ganó dos premios importantes en su vida jugando bingos-. Nadie esperaba ese premio y yo ni prestaba atención cuando iba tachando números. Hasta que dijo, asombrado y sonriendo, “me faltan tres” y dos números después, “ahora dos” y más tarde, sólo uno. Ansiosos y atónitos no podíamos creer que realmente podíamos ganar, que estábamos sólo a un número del premio. Me hubiese gustado acordarme cuál fue ese último número pero lo cierto fue que salió y mi padre gritó ante la multitud de jugadores “¡bingo!” y todos aplaudieron. Recuerdo esa noche porque cambió la suerte de esa Navidad finalmente repleta de garrapiñada y pan dulce y porque mi padre me dio esa misma noche un billete de esos que le dieron y permiso para que saliera con mis amigos. ¿Serían cincuenta pesos de los actuales o cincuenta mil australes? No recuerdo la cifra pero alcanzó para que con mis amigos comiéramos una picada y tomáramos algo en uno de los primeros pubs que surgieron en el pueblo.

Fue algo así como una especie de “suerte navideña”. Aunque pienso que si no hubiese sido así, igual la hubiéramos pasado bien. Porque siempre mantuvimos intacto nuestro “espíritu navideño”, la alegría de la reunión familiar más allá de la garrapiñada. O por lo menos es lo que quiero imaginar, porque habrá quien piense en las Fiestas como una reunión más, o quien descrea del “espíritu navideño”. Quizás los tiempos han cambiado mucho y existen menos cosas por las cuales festejar. Aunque lo dudo. Los tiempos pasados fueron buenos y generan nostalgia pero espero ansioso el futuro y sus incertidumbres. Mi mejor respuesta me la dan los ojos enormes, hermosos y curiosos de mi hija pequeña, que ríe cuando ve parpadear las luces del arbolito y regala su sonrisa llena de luz a la imagen de Papá Noel que está colgada de la puerta. No lo sabe pero está asistiendo al rito de la Navidad que descubrirá con el tiempo. Y nosotros seguiremos reafirmando que siempre siguen existiendo motivos para la reunión familiar y el festejo. Porque la Navidad es sobre todo la pausa momentánea que permite el reencuentro, el abrazo y la alegría, el espacio en el que nos reímos de las anécdotas del pasado, recordamos a los que ya no están y sobre todo, el momento para comenzar a cerrar un año y a proyectar nuestros anhelos hacia el futuro.

Gilgamesh

El Doctor.

Viernes, 11 Diciembre, 2009
Hogar de Ancianos. Dr Víctor Baleta.

Hogar de Ancianos. Dr Víctor Baleta.

Pocas veces los nombres elegidos para plazas, edificios e instituciones fueron tan bien nominados como hicieron con el Hogar de Ancianos de mi pueblo, que rescata del olvido la figura del doctor Víctor Duimo Baleta. No sólo porque el homenaje es merecido por ser un ejemplo de profesionalismo, humildad y dedicación, sino porque su relación con los ancianos era especialmente paternal. Contaba mi madre que en ocasiones más que dolores de espalda o estómago, las consultas con los abuelos no eran más que excusas inocentes para las charlas agradables o los momentos de desahogo, en las que el doctor hacía de psicólogo. Algo de eso debe ser cierto, porque recuerdo más de una dolencia de mi abuela que mágicamente curaba la presencia del doctor, la sonrisa cálida y su voz firme y serena.   

Por supuesto que el doctor no sólo atendía a los ancianos. Yo también desde chico lo visité regularmente de la mano de mi madre. Cada visita entrañaba una serie de pasos inevitables hasta ver al doctor: me gustaba entrar en ese pasadizo oscuro de la entrada –mezcla de garaje y cueva en penumbras- aunque no me agradaba tanto esperar en la sala pequeña y silenciosa. Si bien mi impaciencia de niño recuerda largas esperas me cuenta mi madre que el doctor era reconocido entre tantas cualidades por su puntualidad. Lo que sí era imposible de olvidar cuando abría la puerta era su voz de locutor que emergía de las entrañas del consultorio e invitaba a pasar. Y la entrada a ese lugar siempre me pareció la llegada a un recinto sagrado o por lo menos, la posibilidad de penetrar por un instante dentro de un espacio que no había que interrumpir por mucho tiempo. Todo estaba en perfecto equilibrio: el olor -que si puede recordarse es imposible de trasmitir en palabras- que mezclaba el cuero de los sillones con el perfume de limpieza encerrada –si existe tal sensación, en una combinación de Blem con algún producto de aroma agradable propio de farmacia u hospital-; la luz tenue de las lámparas en el ámbito oscuro y las rendijas de las persianas que dejaban vislumbrar apenas algunos destellos del sol agazapado y la extraña calidez que hacía que estuviese fresco los días de calor y tibio y confortable durante el riguroso invierno.

Recuerdo además, la colección de libros de literatura universal de la biblioteca que tenía en una de las paredes, los cuadros enmarcando títulos y cursos y una gigantesca foto que por alguna razón que no pretendo analizar recuerdo detalladamente: eran muchísimas personas sentadas en una charla o simposio, mirando a alguien que exponía pero que no se veía y entre la primera fila aparecía el doctor. Mucho más joven, con las piernas cruzadas, observando atentamente. Quizás recuerdo con tanto detalle esa foto porque en cada visita, mientras me sentaba en una especie de camilla que el doctor tenía lo buscaba con la mirada. Y siempre aparecía él, detenido en el tiempo, sentado en esa primera fila entre la muchedumbre de médicos desconocidos. La consulta terminaba en la parte que más me gustaba del consultorio, en un pequeño espacio hacia el fondo de la habitación donde estaba el escritorio. Luego de sentarnos con mi madre, el doctor tomaba su lapicera de tinta y escribía la receta. Ese es el momento que me agradaba, el silencio que ocupaba el espacio, la luz de la lámpara que sólo iluminaba la mesa y el sonido de la lapicera que rasgaba el papel y lo llenaba de palabras. (Siempre quise tener una lapicera así, que rompiera de esa manera el silencio de la tarde pero cómo lograr comprar ese silencio, esa luz única y ese perfume de consultorio).

No sé cómo funcionaba la burocracia médica en aquellos tiempos, pero los que conocieron al doctor Baleta sabían que no era necesario llegar con la orden de consulta ante cualquier urgencia y que siempre existía la posibilidad de consultarlo en cualquier horario. Y en casos especiales, aparecía en cualquier momento de la noche ante un llamado desesperado. A mi abuela también la atendió durante mucho tiempo y recuerdo especialmente una noche de varias en las que llamamos al doctor, porque una inyección que le había recetado un especialista le causaba mucho dolor. Llegó como siempre con su maletín a cuestas y su sonrisa imperturbable. Recetó unos remedios, charló con mi abuela y se quedó horas con nosotros, hasta que mi abuela se calmó y se durmió. Yo ya no era un niño, pero seguía mirando al hombre de la foto, cada vez más grande pero siempre calmo y cordial. Y de madrugada se marchó, satisfecho y sonriente, como siempre.              

  Calculo que deben seguir existiendo doctores así, laboriosos y serviciales, que como el doctor Baleta hacen de la puntualidad una cualidad, que dan muestras gratis para que no gasten los que no pueden pagar un remedio o se toman un tiempo extra cuando alguno de los abuelos necesita desahogarse. Espero que sí, aunque difícilmente se repita un ejemplo tan cabal. No dejar que el nombre del Hogar de Ancianos se transforme sólo en una nominación más es quizás una tarea titánica contra el tiempo y las memorias cada vez más frágiles. Para eso están las fotos y las palabras, que de alguna manera congelan un recuerdo y lo hacen eterno. Este relato –incompleto y arbitrario- y esa foto rescatada del olvido no hacen más que recordar fugazmente la figura de un doctor que sin dudas todavía permanece en la memoria del pueblo, que anónima pero irrefutablemente sabe porqué el nombre del Hogar es un pequeño homenaje y tal vez, una ínfima victoria contra el olvido. 

 Gilgamesh

Campanadas

Viernes, 27 Noviembre, 2009
Parroquia PSC. Exaltación de la Santa Cruz.

Parroquia PSC. Exaltación de la Santa Cruz.

Cada vez que vislumbro el mes de diciembre en el horizonte próximo y la presencia cada vez más palpable de las fiestas, recuerdo una vez más a mi abuela y por una serie de asociaciones que no revisten explicación, la presencia de la ya centenaria Iglesia de mi pueblo. Sé el porqué de esa relación: la famosa misa del gallo, a la que mi abuela infaltablemente asistía cada año. Era un rito en sí mismo, más allá de las propias convicciones religiosas. Y yo la acompañé durante muchos años, antes que nada intrigado, porque alguien me había contado que la misa se llamaba así porque en un momento dejaban escapar un gallo para que alguno de los presentes lo atrape. No entendía por qué lo hacían, pero ansiosamente esperaba -en vano- ver luchar al animal y picotear sin cesar hasta zafarse de las manos de los feligreses, que imaginaba presentes sólo para eso. Y frustrado volvía de la mano de mi abuela, mientras ella reía por mis preguntas, apurados para llegar a la casa donde el resto de la familia esperaba entre la garrapiñada y el pan dulce.

Ese quizás sea el primer recuerdo de la relación con una Iglesia que aparece una y otra vez en mi vida y sobre todo en la de mi abuela y que en su caso se extiende hasta el último minuto de su vida. Aún sigo maravillándome como la primera vez de la belleza de la parroquia cada vez que paso frente a ella y al igual que cualquiera que la conozca, no dejo de recomendar, orgulloso, a visitantes ocasionales, amigos y parientes lejanos que la visiten y admiren, como una reliquia o un museo. Con cien años recién cumplidos, su historia es conocida por todos: de la mano de la congregación salesiana y gracias al aporte de toda la comunidad que aportó plata para el terreno, se funda en 1909 la Iglesia Exaltación de la Santa Cruz. De ese relato siempre me fascinó el dato del largo viaje que tuvieron que realizar desde Turín el Cristo articulado, las campanas, los vitrales y el reloj, entre otros elementos. Imagino un enorme barco que durante semanas soporta el oleaje y el aire de mar, las lluvias y el sol, que atraviesa el océano y todas sus mitologías para llegar al otro lado del mundo a revestir de gloria y belleza una Iglesia del sur argentino.

Como suele suceder no recuerdo el primer momento dentro de la Iglesia, pero fue bien temprano, porque me bautizaron ahí. Pero ese fue sólo el comienzo porque la relación es extensa: en algún momento fui monaguillo, cursé catequesis, hice mi confirmación, se casaron mis primas, bautizaron a sus hijos y calculo que la historia continuará. Rescato varias cosas de toda una vida tamizada por la Iglesia, entre ellas, la fundamental figura de los sacerdotes, que en algunos casos se convierten con los años en personajes del pueblo. Mi padre me cuenta de Pastore, Tardivo, Ticó (famoso por ser un sacerdote nacido en el pueblo) y Alfaya. A este último lo llegué a conocer en unas pocas misas en que lo vi, con su enorme barba y su especial vozarrón, ideal para sus extensas homilías -aunque en realidad me dice mi padre que se especializaba en retos colectivos muy explícitos. Yo también recuerdo a algunos: a Ruiz, al padre Soto –tan querible con sus actualizados sermones y sus inconfundibles “che” con los que trataba a todo el mundo- y sobre todo a Carlos Ángel, el sacerdote que se encargaba de llevarle la misa a la casa a mi abuela, los últimos años cuando ya no podía levantarse. Aparecía los sábados a la mañana, cordial y de buen humor como siempre y charlaban largo tiempo con mi abuela para finalmente, como manda el rito, dejar que ella comulgue. Siempre se repetía así, inclusive la despedida, cuando me decía “hace rato que no te veo por la Iglesia”, casi al pasar y con una memoria infalible. Lo recuerdo como un personaje simpático pero frontal y comprometido. De hecho, viene a mi memoria un lejano Tedeum previo a un 25 de mayo al que asistimos con el colegio. La parroquia estaba llena de gente. Las autoridades en los primeros asientos y las banderas y delegaciones de colegios a los costados. El sermón no fue extenso pero conciso y claro. El sacerdote, frente a las mismas autoridades, renegaba de una noticia de la semana, según la cual los legisladores habían ampliado sus dietas. Sin golpes bajos ni indirectas la homilía se encargaba de remarcar un hecho que no habían tocado ni radios ni periódicos. Como suele suceder, recuerdo luego polémicas y declaraciones opinando sobre la pertinencia o no de esos discursos en fechas patrias. Recuerdo al propio sacerdote volviendo a reafirmar sus dichos por las radios del pueblo. Y si bien nunca supe si se concretó o no el renombrado aumento, su figura en cierto sentido se agigantó en mi recuerdo, quizás porque de repente me di cuenta de que no era sólo una figura decorativa con sotana.

No recuerdo cómo sonaron las campanas ese día, pero seguro que distinto a todo lo que había escuchado, porque no sé si lo dije pero estoy convencido de que las campanas suenan distinto de acuerdo a la ceremonia que se celebre. En mi fugaz paso como monaguillo contemplé desde abajo las campanas y las largas sogas, supe de la fuerza para lograr que repiquen de una u otra manera y siempre que las escucho pienso en las pulsaciones necesarias para lograr el ritmo justo que la ceremonia requiere. Los casamientos, bautismos y confirmaciones necesitan que las campanas vibren distinto, se nota en esos momentos la agitación alegre, el chocar brusco y alocado de las campanas que se unen al festejo. Pero sobre todo, no existe un tañido más doloroso que el que acompaña a un sepelio. Porque mi abuela también asistió a esa ceremonia en su querida parroquia. Las lágrimas que nunca son pocas se tornan más tristes cuando se escucha el tañido lastimero de la campana que toca sin querer una fibra íntima, un resorte del corazón que recuerda su latido doloroso con su golpe, certero, ensordecedor y con ritmo cansino. De ese día, sólo recuerdo ese sonido que ahonda el dolor de la pérdida, el silencio respetuoso y la tristeza familiar. Igualmente, la historia de mi abuela, que es parte de mi historia es un fragmento del relato de nuestra parroquia. Por eso, todos los años cuando se acerca diciembre, prefiero recordar a la familia reunida que nos espera sobre la mesa navideña y sobre todo, nuestro paso acelerado por la noche del pueblo, mientras escuchamos la alegría que se desprende de las casas que se preparan para recibir otra Navidad y a mi abuela sonriendo con picardía sin contestarme cuándo va a aparecer el famoso gallo de Nochebuena.

Gilgamesh

Magallanes y el pájaro de fuego

Viernes, 13 Noviembre, 2009

aguas-asdLa memoria es así. De repente se enciende un botón invisible y un recuerdo viene a abarcarlo todo. De a poco aparece, se despereza hasta alcanzar el primer plano, como un enfermo que sale de la anestesia y de a poco toma conciencia de su nombre y situación. Eso fue lo que me pasó esa ventosa tarde de domingo cuando hacía zapping desde el sillón.

El documental de la BBC que acababa de sintonizar en uno de los cincuenta o sesenta canales del televisor narraba el periplo de Magallanes y su casi vuelta alrededor del mundo. Lo novedoso era que el programa no se limitaba a mostrar imágenes y contar su vida, sino que se basaba en el viaje de los documentalistas haciendo el mismo recorrido cuatrocientos setenta años después. Con avanzados equipos y una agenda rigurosa que incluía todos los lugares donde estuvo el navegante y su tripulación, la película mezclaba datos históricos con el relato del viaje de este equipo de producción decidido a “vivir en carne propia” las peripecias de Magallanes.

Asombrado me fui dando cuenta de que al parecer los documentalistas iban a pasar –o mejor dicho, debían haber pasado- por Puerto Santa Cruz. Así, cuando el programa narraba la ruta de Magallanes por la Patagonia, pude ver las costas de la provincia, los lugares históricos en Puerto San Julián –donde efectuó la ya antológica misa- y finalmente, Puerto Santa Cruz. Aquí fue cuando la parte histórica y la actual vivida por los investigadores se transformó en una aventura. Porque los documentalistas siguieron la ruta de una de las embarcaciones de Magallanes que se perdió y terminó naufragando frente a las costas a kilómetros del hoy puerto de Punta Quilla. Con la ayuda de Prefectura y con modernos equipos de buceo, la idea era encontrar esos restos. Para llevarlo a cabo, dentro de la rigurosa agenda confeccionada sólo contaban con dos días. Consciente de un momento claramente histórico, el documental me había atrapado. La posibilidad de ese hallazgo no sólo era cierta y lo estaba por mirar en un canal que se sintonizaba en varios países del mundo, sino que eso ya había ocurrido meses atrás –la filmación se había realizado en enero de ese año y ya estábamos en diciembre- y no me había enterado.

Lo paradójico de la situación fue que durante esos dos días el viento sopló como los que habitamos por estos lugares sabemos que puede soplar en algunos casos y los investigadores tuvieron que vivir momentos insólitos como cuando se les rompió el vidrio de la entrada del hotel donde se alojaban. Pero la odisea más importante la vivieron cuando una de las lanchas con las que intentaron salir a buscar el lugar del naufragio se perdió y el documental en ese momento se tornó en la filmación de su propia desorientación. La lancha que se alejaba de repente se transformó en un punto y en un momento en la nada dentro del mar picado, soportando el viento furioso mientras la cámara intentaba captar el momento y a la vez daban dramatismo a la escena. Horas después los encontraron y tuvieron que suspender el viaje. Los dos días sufrieron las mismas inclemencias y no pudieron sumergirse y realizar el hallazgo. Parecía como si la sombra de Magallanes impidiera que las futuras generaciones pudieran develar todos sus misterios o quizás, fue solo una pequeña muestra cientos de años después de la rigurosidad que debieron sufrir esos aventureros que pasaban años navegando.

Pero aunque parezca lo contrario, este relato quiere contar otra historia que se desarrolla en el mismo lugar. Porque como dije antes, estaba yo aquella tarde haciendo zapping, cuando ese documental vino a hacer funcionar uno de los resortes extraños que la memoria siempre oculta. Porque mis recuerdos de niño, fragmentaria y deficientemente, también almacenaron escenas, impresiones y pesadillas sobre la guerra de Malvinas. Detrás de un vidrio casi opaco por los años, aun permanece en mi memoria el recuerdo triste de la guerra. Como de un sueño emergen varias tomas de una película deteriorada sobre aquellos tiempos: me veo detrás de un pupitre en la escuela, donde nos enseñan cómo hacer si sufrimos un ataque; veo imágenes de un viejo y pequeño televisor en blanco y negro que enseña cómo hacer si se corta el suministro de agua; veo a mi padre, haciendo como todos los padres de mis compañeros de escuela, tapando ventanas y apagando todas las luces de la casa después de cenar y sobre todo escucho el sonido de los aviones que en la oscuridad del otoño no se cansan de pasar toda la noche. Pero lo que recuerdo como una vieja pesadilla infantil es la historia del pájaro de fuego.

No sé si lo escuché en alguna cena familiar o alguien lo contó en la escuela. No creo haberlo visto aunque posiblemente lo haya soñado. Fue una de esas noches en que me levanté al baño y miré por la ventana como solía hacerlo –era una especie de curiosidad por ver algo distinto en un tiempo en que todo parecía que estaba por pasar, había algo latente que flotaba en el aire-. Desde mi casa no se veía el mar, pero quizás esperaba ver alguno de los aviones que permanentemente escuchaba pasar. Y en ese momento lo vi. Enorme aun a la distancia, de fuego y precipitándose al mar. Parecía un pájaro por su forma, pero yo no era tan pequeño como para no saber que era un enorme avión incendiándose. Insisto que por años creí que sólo era un sueño y ni aun ahora podría afirmar que fue cierto lo que vi. Porque además, nadie en la semana ni en el tiempo que transcurrió dijo algo sobre ello. Me recuerdo en ese tiempo yendo a Punta Reparo y mirando a la distancia. Ese horizonte interminable era para mí el lugar ajeno donde algo estaba pasando, aunque no sabía bien qué.

No sé cuánto hay de cierto en este recuerdo, pero una vez me contó mi primo que él también había escuchado una historia similar en el puerto. Decían que los que hacían guardia en Punta Quilla durante Malvinas vieron un enorme Hércules precipitándose al mar y que sólo unos pocos lo saben. No sé si son historias de locos o borrachos pero hace un par de años tan solo, los diarios locales y nacionales informaron del hallazgo de los restos de un Hércules cercano a las costas de Río Gallegos y el informe también daba cuenta de otros aviones similares perdidos en combate. No recuerdo la cifra pero era un dato real. Desde entonces y gracias a ese documental que me hizo rememorar recuerdos de mi infancia, cada vez que voy a Punta Quilla miro sus aguas más allá de la Pingüinera y pienso en Magallanes, en el Hércules y Malvinas. Quizás las penurias y las tristezas hayan confluido azarosamente en las aguas de entrada a nuestro pueblo, quizás el hilo del destino haya unido por extrañas coincidencias dos relatos trágicos. O las dos sean historias que las aguas y el tiempo se han encargado de tragar y que merecen rescatarse. Quizás, solo una metáfora más de un país que no termina de recuperar los fragmentos de una historia en partes sumergida.

Gilgamesh

Clásico

Miércoles, 28 Octubre, 2009
El Clásico: Atlético-Sportivo

El Clásico: Atlético-Sportivo

Para los que amamos el fútbol, no existe en el mundo un partido mejor que el clásico del pueblo. Y no estoy exagerando. Cualquier clásico nacional o internacional puede ser emocionante, trágico, bien o mal jugado pero el fútbol de pueblo es más que eso. Además de las cargadas inevitables para el que pierda o las semanas previas y posteriores a esos noventa minutos llenas de debates, risas, desahogos que comparte cualquier partido, el pueblo vibra distinto en esos días. Como toda actividad pasional, es un momento que hace que nuestras vidas se tornen extraordinarias, que salgan de lo común. Para todos: para los que miramos el espectáculo y para los que luchan por hacer el mejor partido de su vida. Es el momento más cercano para dejar un rastro en la historia de un clásico que otros se han encargado de engrandecer o incluso en el que cada jugador busca transformarse en el héroe de la tarde, el ídolo que salvó o convirtió el gol de la victoria. Porque un hincha puede olvidarse del gol de hace tres años al Júpiter de Piedra Buena o al Independiente de San Julián, pero difícilmente de cualquiera que haya visto en un clásico.

Desde chico recuerdo tardes enteras en la cancha de Sportivo y el paulatino acercamiento al alambrado que como un rito todo niño debe hacer. Pasar de las corridas y juegos entre la cancha de paleta, los autos y la gente a la fascinación por lo que sucede detrás del alambrado. Descubrir azorado que la emoción y la aventura están del otro lado. Quizás ese pasaje sucedió cualquier día, pero quisiera creer que fue aquella vez que como siempre trepamos el cerco pero no bajamos rápidamente como solíamos hacer y nos quedamos observando desde el techo repleto de gente -sin la actual cabina- un clásico que se estaba definiendo por penales. Como si llegara de repente a ver el final de una película y en un instante entenderlo todo. La tensión contenida, el silencio de la multitud que daba la sensación de estar viendo una película muda o mirando un imponente cuadro lleno de colores ayudado por un cielo sin nubes e impecablemente celeste. Todos habían convertido y sólo restaba el último penal que pateaba el jugador del Atlético. Era un veterano goleador dueño de una zurda admirada por propios y temida por contrarios. El arquero era atípico para su puesto: no demasiado alto pero extremadamente ágil y veloz. La pelota bajo el brazo, los pasos decididos, la ligera brisa y algún que otro grito –quizás del propio Ivo, un maestro al momento de aportar una sonrisa colectiva hasta en los momentos más trágicos-. Sólo eso y dos sonidos que completan el recuerdo: el zurdazo brutal, como un estampido y el ruido del guante que, seco y rompiéndose, desvía el tiro. Hasta el día de hoy, los que recuerdan ese partido, comentan que durante mucho tiempo se podía ver al arquero, sonriente y dolorido, con su mano enyesada por las calles del pueblo.

Siempre han existido momentos en los que por muchos años uno de los dos equipos se torna invencible y definitivamente queda en la historia. Contrariamente, los que yo viví en mi adolescencia fueron de los más equilibrados y aguerridos. Recuerdo derrotas dolorosas y victorias imborrables. Y todo, repercutía en mi casa, porque contrario a los mandatos familiares, mis hermanos y yo no fuimos del Atlético como lo es mi padre. Por eso, ante cada clásico se renovaban los chistes, las cargadas y los recuerdos. Esperábamos todos los años el partido y una victoria para recordarle a mi padre nuestra pasión albiverde. Las derrotas, por supuesto, nos imponían la necesidad de pasar rápidamente a otro tema de conversación. Y mi padre, risueño y enigmático, ganara o perdiera, siempre repetía: “ustedes, porque no vieron a los Gal”. Era una frase inapelable seguida del relato de las aventuras de los cinco hermanos, parte de una familia de jugadores habilidosos que llenaron de gloria la historia del Club Atlético. Sobre todo, la memoria de mi padre adolescente recordaba a tres de ellos que él vio y que ganaron un famoso Campeonato de Campeones en el año 1962, jugados por equipos de las ligas de Punta Arenas, Natales, Río Gallegos y Puerto Santa Cruz. Al decir de mi padre, eran fabulosos. Lo imagino en un mundo sin televisor ni MP3, pegado al alambrado de la cancha del Atlético, mirando a sus ídolos indiscutidos: al “Nene”, a Vicente, a Mateo Sapunar, -un “centrojás” como los de antes, luchador incansable y habilidoso-, y a Ernesto, un capítulo aparte para mi padre. La idolatría no es racional y los recuerdos a través del tiempo agigantan los hechos. Lo digo porque mi padre no recuerda haber visto a Ernesto equivocarse, dar un mal pase, entregar una mala pelota, errar un gol. Lo imagino como un eterno superhéroe de pantalón corto y el 10 en la espalda. Escuché mil veces la historia de un tiro libre en un clásico que todavía no puede sacarse de la cabeza. Él estaba detrás del arco contrario –para ver mejor los goles según él- y lo vio todo como si fuese una cámara de televisión privilegiada ubicada en el lugar indicado. Ernesto acomodó la pelota, sólo dio tres pasos hacia atrás y miró una vez al arco. El tiro fue certero y cada vez que lo cuenta, la mirada de mi padre mira al vacío y sigue viendo girar esa pelota, recuerda la comba y la red que se infla.

Mis recuerdos, sin embargo, son de otro tiempo y otra camiseta. Un sinfín de anécdotas, goles y victorias. Recuerdo un equipo que seguí en mi adolescencia, del que surgen infinidad de situaciones: un gol de media cancha, una chilena sobre la hora, una rabona que se convierte en el pase perfecto al gol. Las corridas de Frete, la precisión de Podestá para definir, la zurda de Emilio y la férrea marca de Moyano, eran sólo algunos de los puntos altos de un equipo que logró partidos memorables, como una goleada en cancha del Atlético, un día en que los “piratas” estrenaban defensor que había llegado hasta México. Pero de un clásico recuerdo una escena que merece rescatarse del olvido. Un joven delantero del Atlético, extremadamente veloz y hábil con la pelota en sus pies, partió desde su propio campo apilando jugadores. Recuerdo con impotencia verlo pasar raudo y sin obstáculo aparente. Lo vi desde el alambrado venir, pasar y avanzar; vi su número en la espalda perderse con rumbo al área; vi el esfuerzo de todos por pararlo y no poder. Hasta que de la nada surgió él: como viniendo de una carrera del otro lado de la cancha, como si del túnel que el delantero inventó naciera de repente el final abrupto y decisivo. La “Bestia” Xaubet, recio y sin miramientos, con precisión y rudeza trabó la pelota y salió como un gladiador venciendo en la estocada final. Desparramado quedó el delantero y ante la sorpresa, la admiración que ya todos le prodigábamos, levantó la mirada y decidió que todavía no era hora de terminar su tarea. Y partió remontando el camino hacia el área rival. Por presencia y velocidad, de repente lo vimos correr como un delantero y acercarse al área rival. Finalmente lo trabaron cuando había decidido rematar al arco y la pelota llegó al córner. Pero nada impidió el frenético retumbar de las palmas, el merecido reconocimiento a un jugador que no conocía términos medios.

Desde aquellos tiempos, el Sportivo vivió momentos de campañas productivas desde su vuelta a la victoria en el 2000 cuando gana el campeonato en un clásico. Es el tiempo que mi hermano más pequeño no se cansa de recordar, cada gol y cada uno de los títulos del pentacampeonato 2002 – 2007. Desde “la mejor defensa de la historia” que no se cansa de alabar –aunque no vio otra- hasta las actuaciones del implacable goleador Julio Villalba, los últimos tiempos han sido favorables al Sportivo. Lo cierto es que, más allá de los fanatismos, cada puertosantacruceño amante del fútbol tiene su relato que contar, su parte de la historia que la vuelve única y personal. Si bien el fútbol en los tiempos que corren cada vez se torna más violento en un mundo que promociona que las hinchadas son “aguante, insultos y trompadas” yo prefiero seguir mirando el clásico de mi pueblo, con el olor del choripán y los chicos corriendo, con las banderas y los cantos dando colorido a un partido que merece engalanarse siempre, porque es visceral, apasionado y aguerrido, pero un día de fiesta popular con familia tomando mate; riendo y entristeciéndose en un mismo espectáculo, ya que para algunos será diversión y para otros sufrimiento. Por lo menos hasta que el clásico vuelva a jugarse el año próximo, cuando se renueven, como las esperanzas y las frustraciones, los amores por una camiseta y los avatares de una tarde diferente.

Gilgamesh

Bandidos

Jueves, 15 Octubre, 2009
Banda Municipal Joaquín Andreu

Banda Municipal Joaquín Andreu

Si bien mi paso fue fugaz, yo también fui un “bandido”. Durante la adolescencia sabíamos que aunque sea una semana, un  mes o un año, todos los chicos del pueblo pasaríamos alguna vez por la Banda Municipal. Era un magnetismo extraño, porque cualquier chico que hubiese visto a la Banda en acción, no podía dejar de pensar en la posibilidad de formar parte de ella. Y yo también sucumbí a su encanto y forme parte de esa peculiar familia de “bandidos” por algún tiempo: hice “nota larga”, aprendí solfeo, soplé hasta agotar el aire de mis pulmones y hasta formé en algún que otro acto patriótico. Permanecí menos tiempo que uno de mis amigos que todavía sigue enseñando a los más pequeños pero más que mi primo que igual decidió en algún momento ver “de qué se trataba eso”. Todavía lo recordamos en las reuniones familiares porque había elegido el bombo como instrumento, monótono pero estridente, nunca supe si por real convicción o por su insistencia en despertar a toda la familia sábados y domingos a la mañana con los resonantes estampidos del parche simulando los golpes certeros e implacables del himno.

Pero ante todo recuerdo ese domingo, frío y lluvioso, después de la tradicional misa de las 11 de la mañana y que fue todo un suceso durante nuestra adolescencia: los primeros acordes que irrumpieron, tímidos e inocentes en la Plaza. Las campanadas de la iglesia se convertían todos los domingos en el único sonido que despertaba y despedía al pueblo después de la misa, los únicos que suspendían el letargo del fin de semana que concluía. Por eso, esa mañana que volvíamos con mi abuela al ritmo cansino que sus pies incansables permitían y pasamos por la plaza, nos sorprendimos con el bullicio de gente reunida y acto sorpresivo. Se había preparado un izamiento sin necesidad de fecha patria, para que hiciera su presentación la naciente Banda Municipal. Era un grupo reducido de pequeños ejecutantes, niños y adolescentes -muchos de ellos contrastaban con los enormes instrumentos de bronce- que tocaron aquella vez Aurora y el Himno Nacional.

Calculo que varios ya sabrían de ese grupo y ese acto, pero para muchos, incluidos mi abuela y yo era una verdadera sorpresa. Años después yo igual participé de la Banda y disfruté de momentos imborrables: ensayos divertidos –incluidas horas enteras repitiendo un mismo pasaje hasta que saliera bien-, formaciones de todo tipo –alcancé a sufrir un acto del 25 de mayo muy temprano en el Regimiento cuando se nos congelaron los instrumentos y no pudimos tocar- y un par de viajes por la provincia. De los que alcancé a disfrutar recuerdo uno, una extraña “gira” por la zona norte de Santa Cruz.

La primera parte consistía en una semana entre Jaramillo y Fitz Roy para terminar dos días en Puerto Deseado. Recuerdo especialmente esa estadía porque sobre todo los dos primeros pueblos poseen muy pocos habitantes y poca recreación para los jóvenes, así que pasamos los siete días entre mate, truco, fútbol y música. Vivimos esos días como un paseo familiar que requería de todo nuestro ingenio para no aburrirnos. Recién ahora pienso en eso, porque más allá de las anécdotas recuerdo a un grupo divertido y dispuesto a compartir cualquier momento y hacerlo inolvidable. No importaba el pueblo porque el tiempo igualmente se nos pasaba veloz como sucede cuando los minutos se disfrutan. Ante todo ese viaje es el recuerdo de una noche: habíamos tocado en Jaramillo y luego de cenar volvíamos a Fitz Roy a dormir. El pequeño colectivo que nos llevaba tenía pocos asientos y la mitad viajó de pie la hora que duraba el trayecto. Un detalle sin importancia porque la alegría que marcó ese tiempo es la que todavía resuena en mi recuerdo. Alguien comenzó a cantar, otro aportó algunos acordes con el instrumento y el resto las voces y las palmas. Éramos un grupo de chicos contentos de pertenecer a esa familia y pienso ahora que también recorría en nosotros un aire de tarea cumplida, de felicidad difícil de contener. Porque aquella tarde, cuando recibíamos muestras efusivas de agradecimiento luego de que tocáramos en medio del pueblo desolado, sentí en los ojos de esos pocos pequeños que acompañados de sus padres nos escuchaban, mi propia mirada de niño asombrado escuchando por primera vez una Banda. En esos pueblos con menos población que el nuestro, condenados a las visitas breves y al poco divertimento, la Banda les había dado una pequeña dosis de música en directo que había sacudido su rutina diaria.

Desde aquellos momentos la Banda ha crecido en cantidad y calidad, ha viajado mucho y más lejos, ha visto crecer, partir y volver a sus alumnos que todavía mantienen una mirada cálida y nostálgica de tardes y sonidos compartidos y sobre todo de la figura del profesor Schiell, quien incansablemente formó, guió y sostuvo generaciones de músicos durante más de veinte años. Con errores, aciertos, hitos como la formación en Lago del Desierto y encuentros de Bandas cada vez más regulares, la Banda Joaquín Andreu ya forma parte indiscutida de la vida de Puerto Santa Cruz y quizás por eso mismo, como todo aspecto cotidiano, de tanto verla muchas veces olvidamos que la tenemos. Ignoro si seguirán existiendo en el pueblo las miradas de niños asombrados, esa inocencia inicial ya perdida, pero estoy seguro de que los sonidos del bronce y la caña no pasarán desapercibidos en cualquier formación que cuente con la Banda. Como tampoco faltarán las miradas de orgullo ante su paso, porque se ha instalado indudablemente en el corazón mismo de un pueblo que ve a sus propios hijos aprender música y devolver alegría.

Gilgamesh

El Reloj Gigante

Jueves, 1 Octubre, 2009

cucúDefinitivamente los desfiles de carrozas se han acabado. Y su proceso fue lento y previsible. Durante muchos años sólo los muchachos de la municipalidad aportaban un trabajo que, fuera de competencia, se llevaba los aplausos de todos y maravillaba a los niños. Y hace otros pocos años, ya ni eso existe. Sin desmerecer el trabajo, sólo murgas y comparsas -en el mejor de los casos- otorgaban un poco de color al inicio de la primavera.

Si pasáramos la película al revés, el final sería sorprendente. Porque hace años, los desfiles eran multitudinarios y las carrozas una competencia de originalidad y belleza. Durante mucho tiempo los estudiantes secundarios esperaban ansiosos ese mes anterior a la primavera para trabajar tardes y noches enteras con la ayuda de padres, primos y hermanos. Todos sabían que el resto estaba trabajando en su carroza pero nadie sabía de qué se trataba hasta el mismo día del desfile. Era un hermoso juego de ocultamiento y secretos compartidos. Un mes entero de trabajo generalmente en viejos patios cercados o algún taller amigo para poder, a la vez, esconder la carroza.

Y ese día, el inicio de la primavera tenía su fiesta. Durante años disfrutamos de esos desfiles que constituían para nosotros, chicos de jardín o de primaria, un momento de fantasía. Todo el pueblo se reunía y se develaba el misterio de todo un mes de trabajo: de a una se veían llegar las carrozas sobre la calle Roca y lentamente acompañaban la procesión hasta la costanera frente a la ría. Una de esas primaveras memorables, que recuerdo como si fuese la única que haya vivido, es la del reloj Cucú gigante.

Ese día fue ideal. Hasta el clima era distinto en esos tiempos, realmente era un día de primavera. La cita para el desfile comenzaba al caer la tarde, cuando el cielo se torna de fuego por unos instantes antes de la llegada de la noche. De la mano de mi madre o a espaldas de mi padre esperaba expectante la llegada de los carros. Y aparecían como de un sueño: primero la música que anticipaba la sorpresa y luego la carroza, de diferentes colores y temáticas. Las había simples pero divertidas y las que más admirábamos: gigantes y asombrosas.

Ese año se mezclaban una carroza colorida llena de personajes de cuentos de hadas que saludaban incansables -desde Caperucita y la Bella Durmiente hasta un enorme Lobo feroz- con un gran pájaro verde que batía las extensas alas. Todos nos fascinamos con un dinosaurio colorido y muy alto, magistral, perfecto. Pero todo mi recuerdo se lo ganó el Cucú gigante. Estábamos con mi familia en la esquina que une la calle Roca con la Costanera, frente a la Cruz del Centenario, quizás para prolongar un instante más la sorpresa, porque esperábamos que giraran para poder verlas. Allí apareció la enorme estructura que simulaba un reloj cucú de madera, altísimo y que mi mente de niño agiganta a alturas insospechadas. Me recuerdo diciéndoles a mis amigos que era tan alta como la misma cruz del monumento.

Más allá de la exageración de niño maravillado, la carroza era realmente alta. Y mi admiración estaba dada porque de aquellas alturas emergía de unas puertas estratégicamente armadas, un pájaro amarillo, un chico disfrazado con plumas que subido a una madera diminuta gritaba el clásico “cucú!” que se perdía en la noche plagada de música, aplausos y ruidos varios. Cada vez que pienso en las carrozas, mi recuerdo no puede separarse de la figura de ese muchacho disfrazado de pájaro con plumas. El desfile culminaba con comparsas que aportaban más colorido y música. Y finalmente, luego de conocer a los ganadores de la noche, el pueblo  en lenta procesión caminaba dos o tres cuadras al lugar elegido para la quema del muñeco de nieve. Una tradición que no sé de dónde provenía pero que tenía todos los condimentos de un rito colectivo: un muñeco blanco cargado de petardos y estopa; alrededor, una ronda con todos los que quisieran sumarse mientras el resto de la gente miraba y batía las palmas y el encargado de prender el fuego que iniciaba la quema que concluía cuando el muñeco se consumía. Todos los simbolismos confluían en esa puesta en escena: el del muñeco con la nieve que ya debe derretirse, la del fuego que devora y da inicio a la nueva etapa, la del calor que se aproxima representado en una antorcha.

Todos sabíamos que quizás al otro día llovería o que todavía el viento y el frío acompañarían nuestras jornadas pero este festejo marcaba un cambio, aires nuevos, bríos distintos, ganas de avanzar un poco más porque el fin del año ya estaba más cerca. O porque las carrozas habían demostrado una vez más a una juventud que seguía esforzándose por maravillar aunque sea por un instante nuestras vidas. Como sea, sigo pensando que el chico disfrazado de pájaro no es más que una metáfora de ese esfuerzo. Alguien dispuesto a soportar el frío de la noche, a gritar incansablemente aunque nadie lo escuche y a caminar por un exiguo soporte sólo para terminar de dar forma a una carroza colosal pero que necesita de su actuación para ser perfecta. Quizás algún día vuelva a entenderse que esfuerzos como esos siguen valiendo la pena aunque más no sea para alegrar un instante, unir y dar colorido a un pueblo o provocar la admiración de los niños.

Gilgamesh

Aguas turbulentas.

Jueves, 17 Septiembre, 2009

ASD_MEl puerto de Punta Quilla es uno de los más profundos y con condiciones naturales excepcionales de los que existen en la región patagónica. Pero como toda gran obra, tiene una gran historia detrás. Todos los que la han vivido no dejan de contarla como una película: manifestaciones, banderas, bloqueos, policías. Tensión, pasiones encontradas y suspenso son condimentos por demás emocionantes para conocer una de las tantas páginas de la historia de Puerto Santa Cruz.

Como toda buena historia existe un momento que la define y que se transforma en memorable. Desde pequeño escucho el relato familiar sobre ese día. Mi padre, un joven policía tratando de poner orden y mi madre, su novia, una estudiante secundaria manifestando frente a él. Pero no es único caso, no es más que un ejemplo de la participación de todo un pueblo peleando por una misma causa: la creación del puerto que hoy está en todos los mapas de la costa patagónica. Escuché esta historia más de una vez y por diferentes personas, que inflando el pecho de orgullo no escatiman detalles.

Los antecedentes son conocidos: la construcción de un puerto en la Patagonia era materia de debate político nacional porque se necesitaba una salida para el carbón y otros recursos naturales que producía la provincia. Luego de gestiones nacionales y provinciales –el intendente Juan Carlos Narvarte tiene un capítulo especial en ese relato- se confirma la obra y comienza vertiginosamente su concreción. Esa misma velocidad, -seguida por un pueblo expectante- es la que hace más evidente el contraste con la noticia que se recibe unos meses después: la orden de detener todo. La construcción del puerto de Punta Loyola, a sesenta kilómetros de Río Gallegos se interponía –por intereses políticos y económicos contrapuestos- con la obra iniciada.

A partir de aquí la historia se torna épica. Reuniones en el Cine Perfect, debates públicos, materia de discusión en el colegio secundario, entre otras acciones. Lo cierto es que se llega a una decisión aceptada por la mayoría: bloquear el despegue del avión de la línea LADE de manera sorpresiva para expresar el descontento y hacer público y nacional el reclamo. El día elegido fue el sábado 8 de Septiembre –era el año 1973- cuando sincronizadamente una caravana se dirigió una hora antes para esperar el vuelo de las 9.25 horas. Ése es el día que todos recuerdan. Soleado, sin viento, el marco ideal de una foto para la posteridad. La fila de autos que recorre los pocos kilómetros hasta el aeropuerto, la espera ansiosa y por fin la aparición del avión. Si hasta este momento la sucesión de hechos no es propia de una película, lo que sigue lo acerca bastante. Los manifestantes bloquean la pista con sus autos y el Comandante de la nave les exige que la liberen. Ante la negativa, las amenazas se suceden –alegan que al tratarse de un secuestro las penas serán graves- y llaman a la Policía.

Siempre me imagino esa situación como una extraña obra de teatro. Policías amigos del barrio o jugadores del Sportivo o Atlético o novios –como mi padre- o hijos o primos de los que en frente de ellos, protestaban obstinados. También pienso en cuántos de ellos se hubieran sacado el uniforme para gritar sin limitaciones. Lo cierto es que no hubo violencia aunque la situación era tensa. El jefe de la policía decide comunicarse con el Gobernador de la provincia Jorge Cépernic que se encontraba en Río Turbio y ante la promesa de dirigirse esa misma tarde al pueblo, los manifestantes deciden despejar la pista. El llamado de atención había funcionado, porque no sólo las autoridades se harían presentes sino que la noticia fue publicada en diarios nacionales como Clarín o La Nación. Las reuniones continuaron y los carriles de negociaciones también, aunque el reclamo popular había dejado la impresión de que la construcción del puerto había retomado su camino original. Y así fue: el Gobernador se hace presente con su comitiva a las 14 horas y luego de largas charlas y debates se compromete a ayudar a que las gestiones –aparentemente trabadas en Capital Federal- se lleven a cabo. Se conforma una comitiva que lo acompañará, formada por vecinos, comerciantes, y el sacerdote del pueblo y como corolario en poco tiempo las obras se retoman para finalmente inaugurarse en el año 1978.

Todos los que relatan el hecho, conscientes del cambio que el mundo ha experimentado, no se cansan de repetir el aire de felicidad por el esfuerzo mancomunado, por un bien para todos, la falta de intereses particulares o fines ideológicos. Era sólo un pueblo que entendía que ese puerto iba a traer directa o indirectamente prosperidad y trabajo para todos. Todavía me pregunto si lo hizo, si realmente el puerto fue esa fuente de riqueza o si fue utilizado como correspondía a su origen. O será que una obra de esta envergadura necesita una política de pesca y trabajo responsable para que funcione como debe. O la decisión política clara para no perder oportunidades: recuerdo hace años el acto político que se hizo ante la construcción de un puerto en el norte de la provincia, para que en un futuro -que todavía no llega o me parece que no vi- funcione con actividades que en ese momento y hasta el día de hoy puede hacer el puerto de Punta Quilla. Igualmente, nada debe dejar de opacar uno de los movimientos populares espontáneos que en Puerto Santa Cruz siguen causando orgullo y algo de nostalgia.

Gilgamesh.

Dedos de Goma

Miércoles, 5 Agosto, 2009

El fútbol de barrio tiene sus costados ingratos. Podemos comparar la campaña de River, Boca, San Lorenzo o Velez, o esperar alguna repetición por los programas deportivos en televisión para poder disfrutar de goles, gambetas, atajadas y penales. Pero nunca podremos hacer lo mismo con una gambeta de un jugador del Atlético o una chilena de uno del Sportivo. Y vaya si hay historias para recordar: goles, bicicletas, expulsiones, victorias y derrotas. Justamente, éste es el relato de una atajada, que sólo unos pocos vimos y no sé cuántos recordarán.

AL SUR 007 Sucedió hace unos cuantos años. El arquero de Sportivo era un flaco con cara bonachona y simpática. Era corpulento y tan alto que se había ganado el apodo de “Chiquito”. El rival era un equipo de San Julián, no recuerdo cuál. Quizás porque no sea tan importante.

La cancha era la del Sportivo y de este lado del alambrado las cosas eran como siempre: los autos, los chicos corriendo en la cancha de paleta, el olor del choripán y los gritos de Ivo, seguidas de las carcajadas que siempre acarreaban.
El partido estaba cero a cero, era entretenido y el día acompañaba, soleado y sin viento. Las delanteras de los dos equipos eran buenas pero las defensas también, así que estaba todo equilibrado y los arqueros no tenían mucha participación. Miraban y acompañaban. Era el primer tiempo y el Sportivo atacaba hacia el arco que da a la calle Corrientes. Yo estaba más cerca de la cancha de paleta, así que veía más nítidos los movimientos de la defensa que del ataque.
Y sucedió. Todo fue vertiginoso y por eso mismo electrizante. Aunque en mi recuerdo veo todo en cámara lenta, como una película de acción y suspenso. Fue una pelota larga que quedó boyando afuera del área y tomó desprevenidos a los defensores del Sportivo. Cuando nos dimos cuenta, el delantero sanjulianense ya había entrado al área y entre la maraña de piernas había sacado el zurdazo. Desde mi posición la vista era inmejorable. Y como dije, mi recuerdo es en cámara lenta: la pelota se iba a meter inexorablemente en el ángulo inferior izquierdo del arquero, en ese camino iba. Son esas pelotas que ya sabemos que tienen destino de gol y sólo resta esperar que atraviesen la línea. Quizás porque iba siguiendo la trayectoria del balón entre la piernas que ya nada podían hacer, es que mi recuerdo es más espectacular. Porque en ese instante surge de la nada un guante imposible, lleno de dedos de goma, que saca la pelota al corner.
Todo sucedió así, no invento nada. Pienso que si hubiese sido gol, todos en la cancha hubiéramos entendido que estaba bien, porque era un gol de los posibles y que cualquier arquero puede recibir. Pero cuando suceden acciones como éstas, en las que el arquero tuerce esos pronósticos, nos convencemos que es de esa raza de jugadores distintos, dotados para ser posible lo que de antemano parece no serlo. Acostumbrados a los Andújar y a los Abbondanzieri, nos olvidamos de estos arqueros nuestros, que merecen también el recuerdo cálido de aquellas tardes llenas de aventura… pero a la vuelta de la esquinas de nuestro pueblo.
“Gilgamesh”.