El Doctor.

Hogar de Ancianos. Dr Víctor Baleta.
Hogar de Ancianos. Dr Víctor Baleta.

Pocas veces los nombres elegidos para plazas, edificios e instituciones fueron tan bien nominados como hicieron con el Hogar de Ancianos de mi pueblo, que rescata del olvido la figura del doctor Víctor Duimo Baleta. No sólo porque el homenaje es merecido por ser un ejemplo de profesionalismo, humildad y dedicación, sino porque su relación con los ancianos era especialmente paternal. Contaba mi madre que en ocasiones más que dolores de espalda o estómago, las consultas con los abuelos no eran más que excusas inocentes para las charlas agradables o los momentos de desahogo, en las que el doctor hacía de psicólogo. Algo de eso debe ser cierto, porque recuerdo más de una dolencia de mi abuela que mágicamente curaba la presencia del doctor, la sonrisa cálida y su voz firme y serena.   

Por supuesto que el doctor no sólo atendía a los ancianos. Yo también desde chico lo visité regularmente de la mano de mi madre. Cada visita entrañaba una serie de pasos inevitables hasta ver al doctor: me gustaba entrar en ese pasadizo oscuro de la entrada –mezcla de garaje y cueva en penumbras- aunque no me agradaba tanto esperar en la sala pequeña y silenciosa. Si bien mi impaciencia de niño recuerda largas esperas me cuenta mi madre que el doctor era reconocido entre tantas cualidades por su puntualidad. Lo que sí era imposible de olvidar cuando abría la puerta era su voz de locutor que emergía de las entrañas del consultorio e invitaba a pasar. Y la entrada a ese lugar siempre me pareció la llegada a un recinto sagrado o por lo menos, la posibilidad de penetrar por un instante dentro de un espacio que no había que interrumpir por mucho tiempo. Todo estaba en perfecto equilibrio: el olor -que si puede recordarse es imposible de trasmitir en palabras- que mezclaba el cuero de los sillones con el perfume de limpieza encerrada –si existe tal sensación, en una combinación de Blem con algún producto de aroma agradable propio de farmacia u hospital-; la luz tenue de las lámparas en el ámbito oscuro y las rendijas de las persianas que dejaban vislumbrar apenas algunos destellos del sol agazapado y la extraña calidez que hacía que estuviese fresco los días de calor y tibio y confortable durante el riguroso invierno.

Recuerdo además, la colección de libros de literatura universal de la biblioteca que tenía en una de las paredes, los cuadros enmarcando títulos y cursos y una gigantesca foto que por alguna razón que no pretendo analizar recuerdo detalladamente: eran muchísimas personas sentadas en una charla o simposio, mirando a alguien que exponía pero que no se veía y entre la primera fila aparecía el doctor. Mucho más joven, con las piernas cruzadas, observando atentamente. Quizás recuerdo con tanto detalle esa foto porque en cada visita, mientras me sentaba en una especie de camilla que el doctor tenía lo buscaba con la mirada. Y siempre aparecía él, detenido en el tiempo, sentado en esa primera fila entre la muchedumbre de médicos desconocidos. La consulta terminaba en la parte que más me gustaba del consultorio, en un pequeño espacio hacia el fondo de la habitación donde estaba el escritorio. Luego de sentarnos con mi madre, el doctor tomaba su lapicera de tinta y escribía la receta. Ese es el momento que me agradaba, el silencio que ocupaba el espacio, la luz de la lámpara que sólo iluminaba la mesa y el sonido de la lapicera que rasgaba el papel y lo llenaba de palabras. (Siempre quise tener una lapicera así, que rompiera de esa manera el silencio de la tarde pero cómo lograr comprar ese silencio, esa luz única y ese perfume de consultorio).

No sé cómo funcionaba la burocracia médica en aquellos tiempos, pero los que conocieron al doctor Baleta sabían que no era necesario llegar con la orden de consulta ante cualquier urgencia y que siempre existía la posibilidad de consultarlo en cualquier horario. Y en casos especiales, aparecía en cualquier momento de la noche ante un llamado desesperado. A mi abuela también la atendió durante mucho tiempo y recuerdo especialmente una noche de varias en las que llamamos al doctor, porque una inyección que le había recetado un especialista le causaba mucho dolor. Llegó como siempre con su maletín a cuestas y su sonrisa imperturbable. Recetó unos remedios, charló con mi abuela y se quedó horas con nosotros, hasta que mi abuela se calmó y se durmió. Yo ya no era un niño, pero seguía mirando al hombre de la foto, cada vez más grande pero siempre calmo y cordial. Y de madrugada se marchó, satisfecho y sonriente, como siempre.              

  Calculo que deben seguir existiendo doctores así, laboriosos y serviciales, que como el doctor Baleta hacen de la puntualidad una cualidad, que dan muestras gratis para que no gasten los que no pueden pagar un remedio o se toman un tiempo extra cuando alguno de los abuelos necesita desahogarse. Espero que sí, aunque difícilmente se repita un ejemplo tan cabal. No dejar que el nombre del Hogar de Ancianos se transforme sólo en una nominación más es quizás una tarea titánica contra el tiempo y las memorias cada vez más frágiles. Para eso están las fotos y las palabras, que de alguna manera congelan un recuerdo y lo hacen eterno. Este relato –incompleto y arbitrario- y esa foto rescatada del olvido no hacen más que recordar fugazmente la figura de un doctor que sin dudas todavía permanece en la memoria del pueblo, que anónima pero irrefutablemente sabe porqué el nombre del Hogar es un pequeño homenaje y tal vez, una ínfima victoria contra el olvido. 

 Gilgamesh


6 comentarios acerca de “El Doctor.

  1. Como nos tenes acostumbrados , tu evocacion es totalmente ajustada a la realidad del ser y quehacer del Dr BALETA Y , creo no habra sido producto de la coincidencia que el Hogar lleve su nombre
    La especialidad de GERONTOLOGIA fue su vocacion , ignoro si la curso academicamente, pero si me consta como la ejercio, con esa sabia paciencia y humildad , propia de los seres GRANDES que no se creen eternos .
    Muy lindo tu recuerdo y homenaje para quien vivio con un marco desinteres material la practica de su profesion

  2. Aunque no conocí al Dr. Baleta, esta historia es un justo homenaje a los médicos de pueblo que deben enfrentar cada día las contingencias de su profesión haciéndose cargo de la salud de sus pacientes con sus conocimientos, respeto por el ser humano y sabiduría . Felicitaciones!!!!!

  3. la verdad me emociona esta nota del recuerdo de nuestro querido Doctor BALETA.
    El atendia por vocación, incluso en su consultorio por que en aquel entonces los que no teniamos para pagar la consulta nos atendia como a los que si podian…No solo era medico clinico sino tambien cirujano.
    El atendia a todos por igual y a la hora que lo llames, siempre con su sonrisa y haciendo alguna broma. En aquellos tiempos le deciamos que era el medico de los pobres….si ibas al Hospital hoy Hogar de Abuelos y no alcanzabas los n° para la atencion, no importaba lo esperabas en la puerta del consultorio y te atendia igual. A los niños los adoraba a todos por igual, no saben lo bonachón que fue con nosostros. Al DOCTOR BALETA NUNCA LO VAMOS A OLVIDAR………MUCHAS GRACIAS…. ASD.

  4. que lindo lo que escribiste!!! es tal cual el recuerdo al leer , yo tambien estaba en ese consultorio de chica, en la sala de espera, en la camilla… y ahora se me viene a la mente la foto!!! gracias por recordar a esas personas bonachonas de nuestro pueblo.

  5. Me encanto lo que escribiste, al leer el articulo me dio una sensación rara pero linda, Fue un gran hombre y profesional, a mi muchas veces me atendio en su consultorio sin tener obra social, yo recien llegada al pueblo siendo adolescente. Lo que escribiste es tal cual. Gracias por recordarlo

  6. Gracias por el recordatorio, me emocionó muchísimo!!! Cuando lo visitaba siendo niña me encantaba jugar en ese consultorio con aroma especial y me quedaba largos ratos observando la hermosa biblioteca que tenía (vaya a saber hoy su destino!!!). Te reitero mi agradecimiento por este recordatorio, fue un excelente medico, un hombre de bien, respetuoso y muy cariñoso con su familia, especialmente con sus sobrinos, dentro de los cuales me incluyo. Gracias.

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