El teatro y la escuela

25 de Mayo de 1810
25 de Mayo de 1810

 Yo no soy actor, pero cuando fuimos niños jugábamos a serlo. No porque perteneciéramos a un grupo o compañía teatral, sino porque cada vez que en la escuela se preparaba un acto o una fiesta, todos estábamos listos para jugar a ser actores y transformarnos en Belgrano, San Martín, en un pregonero de 1810 o un chasqui de 1816. Cualquiera podía quedar atrapado en la redes de la actuación, sin necesidad de ser especialista en el tema. El desenfado, la alegría, el nerviosismo se conjugaban en esos momentos en los que las familias compartían el ansiado acto de sus hijos, con la cámara dispuesta a capturar el gesto, la vestimenta típica y el decorado a tono. Existía la oportunidad para que todos los que quisieran y se animaran participen de la actuación y creo sin dudas que ese espacio permitido, esos momentos en que nos creíamos actores influyeron secretamente en nuestras personalidades. El teatro es formador y liberador, es el momento del descubrimiento del cuerpo y la expresión, de tonos escondidos y palabras extrañas, ajenas pero asumidas como propias, es la posibilidad de asumir vidas que nunca viviremos y personalidades que nunca transitaremos. O quizás nos ayudaron a entender anticipadamente que la vida no deja de ser un confuso escenario y que lenta pero inexorablemente asumiríamos máscaras, desde las más sutiles y divertidas a las más complejas o hipócritas.

Como sea, durante la primaria, en el hermoso escenario que tenía el viejo e interminable Colegio N° 2 –cuando todavía no existía la ampliación que hicieron años más tarde- con mis compañeros fuimos Sarmiento en su adolescencia sanjuanina, payadores en tiempos de colonia –y pregoneros, mazamorreros, lavanderos-, San Martín en su vejez en Francia o marineros subidos a La Santa María en el embravecido océano Atlántico. Eran otros tiempos y aunque no sé cómo se harán actualmente, esos actos de antaño estaban llenos de magia, actuación y alegría. Ningún ejemplo es más gráfico de ese cúmulo de experiencias que intento transmitir que un remotísimo 25 de mayo de mi 2° grado, cuando me transformé por un instante en un espectador más frente al cabildo, con mi galera enorme y mi traje negro con levita.

Es quizás el ejemplo más acabado de muchas situaciones que eran distintas a estos tiempos que corren, en primer lugar porque el acto se celebraba el mismísimo 25 de mayo, ni un día antes ni uno después. Si bien siempre fue un feriado inamovible, no existían los cambios de fechas en el colegio y sus puertas se abrían sólo para esa reunión en la que participaba toda la familia. Quizás eran tiempos de menos turismo y por consiguiente menos feriados largos. Temprano en casa, mi padre se duchaba mientras mi hermano pequeño remoloneaba todavía en la cama y mi madre corría de un lado a otro terminando mi disfraz. Afuera, en una mezcla rara de historia con actuación, llovía a cántaros, como se dice que sucedió aquel día de mayo. Cuando ya la familia estaba toda reunida, mi padre tomó la primera foto -que todavía contiene algún perdido álbum familiar- de ese día memorable. Sonriendo a la cámara con mi hermano pequeño queriendo agarrar mi galera, o solo con aire ceremonial, mi padre no descansó en toda la mañana sacando fotos con su inoxidable máquina alargada, no más grande que un atado de cigarrillos y la pequeña “torrecita” con el flash, un cuadradito parecido a un hielo con el que jugábamos cuando ya no servía más. Tuvimos que ponernos las enormes botas de goma para atravesar las dos o tres cuadras de barro, que como un chocolate pegajoso se adhería y salpicaba. Atravesamos despacio el lodazal para no ensuciarnos pero apenas llegamos al pavimento corrimos raudos, como una travesura más para no empaparnos con la lluvia persistente.

El salón del colegio estaba repleto de familias y sillas, de nenes y nenas vestidos para la ocasión y cámaras de fotos estallando como relámpagos. Era un día de fiesta y todos lo vivíamos así. Sonó el timbre y todos corrimos detrás del escenario, donde después de tomar lista nos preparamos para la función. Cada uno tomó su lugar y en ese instante fuimos una vez más los hombres y mujeres de mayo de 1810. Recuerdo todo con lujo de detalles, pero no puedo volver a memorizar en qué consistía el acto. Igualmente, no es difícil imaginar la acción: los personajes típicos alrededor del cabildo de cartón y colores, mirando y esperando ansiosos que algo suceda. Lo que sí tengo en mi mente como corolario de la mañana y del recuerdo, es que antes del cierre del telón, todos salíamos rumbo a los espectadores, a nuestras familias con canastas rebosantes de tortas fritas para convidar a todos. Era una sorpresa a medias porque cada familia había aportado un poco para la fiesta. En nuestro caso, mi madre las había cocinado la noche anterior y las llevaba en una bolsa cuando íbamos sorteando el barro y la lluvia rumbo al colegio.

Hubo otros actos, pero ese fue imborrable para mí. En la secundaria también actuábamos, pero ya era distinto. No era una fiesta para todos, sino para aquellos que nos animábamos a actuar en algún que otro fin de curso. Los actos se transformaron sólo en un pobre discurso y los acordes del himno. Todo se transformó en algo breve y sencillo -en realidad mediocre- y nada más. Igualmente, la experiencia de la primaria calaba hondo. Con los años, los conceptos de patria, acto, 25 de mayo, himno o bicentenario tomaron ribetes distintos. Afuera de la inocente niñez, todo se transformó en algo más espurio, más opaco, más manejable por gobiernos de turno e ideologías encontradas. Tristemente, ya no significa lo mismo para todos. Quizás, como dato puro dentro de este contexto extraño, dentro de cada pecho todavía suene la melodía del himno de la infancia, cantado con desparpajo por gargantas inocentes ansiosas por actuar. Y me atrevo a aventurar que todavía no sabemos en qué medida aquellas jornadas de espectáculo teatral permitieron crecer en nosotros, a través del tiempo, un amor por lo nuestro, además de un saber más allá de los saberes de cada práctica y un agazapado anhelo de libertad enmascarado por una vida prestada por un instante.   

Gilgamesh


2 comentarios acerca de “El teatro y la escuela

  1. Brillante, me encantó la anécdota. Somo muchos los que transitamos el ruido de las tablas de los viejos escenarios de nuestra primaria…. Como dijo John Betjman: en el momento en que empezamos a transitar los oscuros senderos de la razón, todo pasó a ser rutina o de poca emoción..

  2. Que lindos recuerdos!!!
    yo como docente de Nivel Inicial , te cuento que de grande tambien se puede seguir sintiendo todo eso que vos nombras a lo largo de tu anecdota!!! En diferentes actos las familias actuan!!! y lo viven como un verdadero festejo, preparacion, etc.
    Comienzo a recordar mis actos de niña, tambien en la escuela N 2 y los de mis hijos,alumnos y los de ya como seño!!! Que este 25 de Mayo sea un verdadero festejo del BICENTENARIO!!! FELIZ CUMPLEAÑOS!!!!

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