En boca del verano

Por Juan Manuel Villalba

Salí a buscar el verano y lo encontré en la cruz del centenario, no fue muy optimista con respecto a su posible regreso: -Si la nieve no invade al pueblo cuando el tiempo lo indica, no resulta justo apoderarme de un protagonismo que no merezco.

Por eso le doy chance al viento, dejo que los álamos se sacudan expresando su furia y que los sauces borrachos se embriaguen más que nunca con esas bocanadas de aire que devoran en los tornados.

Que los buques anclados y oxidados se sacudan desmembrando el olvido, que el silbido detrás de las hendijas deje de ser música para convertirse en advertencia y que las lápidas de la necrópolis se desparramen por los aires invadiendo las avenidas para recordar vuestra condición de mortales.

La presencia de un pasado cercano.
La presencia de un pasado cercano.

Su permanencia se extendía contemplando sentado la postal inmóvil del viejo frigorífico, se vio reflejado en esas ruinas de aquella plenitud: viejo, olvidado –ignorando tal vez cuánto lo extrañaban- y en continuo deterioro al borde de la desaparición a un costado de su inmortalidad.

Se acercó a la cima de un álamo para secarse el sudor en la frente disimulando una lágrima, se acurrucó junto al monumento al centenario escuchando el murmullo del viento que se alojaba dentro, miró por última vez al mar y a lo lejos divisó la nieve; se estaba marchando para siempre.


Un comentario acerca de “En boca del verano

  1. Vuelvo a leer tu artículo..no puedo dejar de sentir el pelo revoloteado al compás de los álamos. Poética y vívida descripción de cualquier momento de marzo sentada en las piedras junto a la ría. Si está atardeciendo, el Frigorífico, en su lenta agonía, se permite destellar para recordarnos que aún es parte de la historia. Saludos y gracias!

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