Espíritu Navideño

No es fácil definirlo, es más que nada una sensación, una suma de voluntades, un estado de ánimo compartido. No sé bien, pero el espíritu navideño existe.   Está presente en los pequeños detalles cotidianos: el saludo cordial en el almacén, la sonrisa siempre dispuesta en la panadería o el “felices fiestas para todos” saliendo de la peluquería. Es una felicidad que se va contagiando, ya que todos tienen motivos para festejar: los chicos que no tienen que ir a la escuela, la mayoría de los padres que ya están de vacaciones –o por lo menos pululan de brindis en brindis de fin de año y el trabajo se relaja un poco-, el regreso de los chicos que estudian lejos de casa. Todo se potencia para que vivamos unas semanas de alegría compartida.
Navidad
Navidad

El primer rito que desde mi infancia marcaba el comienzo de esta época de fiesta era el armado del arbolito. Pacientemente mi padre sacaba cada una de las cajas con sus partes: los adornos, las luces, el muérdago, la estrella. Me parecía toda una ceremonia de iniciación y lo miraba extasiado. Tan importante me parecía que sólo me encargaba de alcanzar adornos para que mi padre lo fuese armando. Con los años, mi hermano más pequeño se convirtió en el ladero ideal al momento de preparar el árbol navideño y nosotros, cada vez más grandes, entendíamos a la distancia su alegría de niño que debe cumplir con el rito familiar. Cuando pienso en la navidad recuerdo un día que quizás sea la suma de varias navidades, porque la memoria suele sintetizar las vidas para resaltar algunos detalles y en algunos casos aunarlos. Lo cierto es que ya desde temprano mi casa estaba convulsionada ya que mis tías estaban reunidas ayudando a mi madre que hacía pan dulce para toda la familia. Por la ventana veía a mi madre amasando incansablemente mientras mi tía alcanzaba los puñados de frutas abrillantadas, pasas y nueces. Del horno surgía el aroma delicioso del pan dulce más exquisito que probé en mi vida y que recién disfrutaríamos a la noche y con suerte –si sobraba un poco- con los mates de la tarde siguiente. Así como mis tías estaban adentro soportando el calor del horno mis primos, mi hermano y yo disfrutábamos del día caluroso jugando a las escondidas.

De pantalón corto y con nuestras remeras gastadas pasamos toda la tarde jugando al sol hasta que llegó mi tío y casi al pasar nos preguntó porqué no estábamos persiguiendo a Papá Noel que al parecer estaba entregando juguetes en el centro del pueblo. Hacia allá partimos con mi hermano más pequeño y uno de mis primos, luego de pedir permiso insistentemente. No sabíamos a dónde era exactamente pero escuchábamos el bullicio de chicos gritando de felicidad y seguíamos el ruido. Hasta que lo vimos sobre la calle San Martín. Papá Noel estaba detrás de una vieja camioneta repleta de juguetes que avanzaba lentamente como en una procesión y una maraña de chicos corriendo detrás con las manos abiertas. Corrimos sin parar hasta que nos acoplamos a la multitud, justo cuando doblaban en una esquina. Me recuerdo corriendo frente a la plaza, cerca de la Comisaría y mis manos al vacío esperando que Papá Noel me viera. Como todos los juguetes estaban envueltos en papel de regalo nadie sabía qué podía tocarle. Podía ser una pelota, una muñeca o un camión de plástico. Rogaba por mi suerte mientras corría detrás de la camioneta y alcancé a ver a mi hermano que recibía un largo paquete. Casi de inmediato y sin darme cuenta mis manos también recibieron el regalo y dejé de correr. En la esquina nos juntamos mientras mirábamos alejarse a la camioneta y a su ejército de niños. A él le tocó un arco con tres flechas que terminaban en una punta de goma como una ventosa, de esas que se clavan en cualquier superficie y a mí una cámara de fotos de plástico, que imitaba el ruido del flash cuando se disparaba la foto. Por supuesto que hubiera preferido el arco y las flechas pero la cámara no estaba mal –peor suerte había tenido mi primo que recibió una muñeca que automáticamente regaló- y me pasé todo el resto del día y la semana sacando fotos imaginarias de mi familia: mi tío levantando su copa de vino brindando a la cámara, mis primos jugando a los penales, mi hermano disparándole las flechas al perro, mi tía –a escondidas- “probando” la ensalada rusa, mi abuela tomando un jugo de naranja, mi mamá poniendo la mesa y mi papá entre el humo y las brasas, cortando la carne del asado. Era un día perfecto. Después del baño llegarían la cena, la sobremesa, la misa del gallo y el brindis.

Aunque no lo parezca, la mayoría de las navidades de mi infancia fueron austeras, todo se resolvía con el aporte de lo que cada familia pudiera acercar: un poco de carne, la harina para el pan dulce, las frutas abrillantadas, el pan o la ensalada. Y así, todos pasábamos una fiesta diferente, sencilla pero alegre y divertida. Sólo recuerdo una vez en que la austeridad era extrema. Nadie duda de que se puede pasar una alegre Navidad sin necesidad de la garrapiñada y el pan dulce. Pero qué triste es no poder ni siquiera planificar una cena distinta, poder tener una botella de sidra para brindar o para invitar a quien pase a saludar. Siempre recuerdo esa navidad como si fuese una película porque tuvo su final feliz. Dos días antes de esa Navidad sin pan dulce, en uno de esos bingos que en el pueblo se siguen haciendo, mi padre ganó el premio mayor. Yo era casi un adolescente y estaba en la mesa con él. No recuerdo cuantos premios había pero a medida que no ganaba ninguno, mi padre decía –como sigue haciendo cada vez que juega un bingo- “el que viene lo gano”. El tema fue que no se cumplió lo que generalmente sucedía –creo que sólo ganó dos premios importantes en su vida jugando bingos-. Nadie esperaba ese premio y yo ni prestaba atención cuando iba tachando números. Hasta que dijo, asombrado y sonriendo, “me faltan tres” y dos números después, “ahora dos” y más tarde, sólo uno. Ansiosos y atónitos no podíamos creer que realmente podíamos ganar, que estábamos sólo a un número del premio. Me hubiese gustado acordarme cuál fue ese último número pero lo cierto fue que salió y mi padre gritó ante la multitud de jugadores “¡bingo!” y todos aplaudieron. Recuerdo esa noche porque cambió la suerte de esa Navidad finalmente repleta de garrapiñada y pan dulce y porque mi padre me dio esa misma noche un billete de esos que le dieron y permiso para que saliera con mis amigos. ¿Serían cincuenta pesos de los actuales o cincuenta mil australes? No recuerdo la cifra pero alcanzó para que con mis amigos comiéramos una picada y tomáramos algo en uno de los primeros pubs que surgieron en el pueblo.

Fue algo así como una especie de “suerte navideña”. Aunque pienso que si no hubiese sido así, igual la hubiéramos pasado bien. Porque siempre mantuvimos intacto nuestro “espíritu navideño”, la alegría de la reunión familiar más allá de la garrapiñada. O por lo menos es lo que quiero imaginar, porque habrá quien piense en las Fiestas como una reunión más, o quien descrea del “espíritu navideño”. Quizás los tiempos han cambiado mucho y existen menos cosas por las cuales festejar. Aunque lo dudo. Los tiempos pasados fueron buenos y generan nostalgia pero espero ansioso el futuro y sus incertidumbres. Mi mejor respuesta me la dan los ojos enormes, hermosos y curiosos de mi hija pequeña, que ríe cuando ve parpadear las luces del arbolito y regala su sonrisa llena de luz a la imagen de Papá Noel que está colgada de la puerta. No lo sabe pero está asistiendo al rito de la Navidad que descubrirá con el tiempo. Y nosotros seguiremos reafirmando que siempre siguen existiendo motivos para la reunión familiar y el festejo. Porque la Navidad es sobre todo la pausa momentánea que permite el reencuentro, el abrazo y la alegría, el espacio en el que nos reímos de las anécdotas del pasado, recordamos a los que ya no están y sobre todo, el momento para comenzar a cerrar un año y a proyectar nuestros anhelos hacia el futuro.

Gilgamesh


5 comentarios acerca de “Espíritu Navideño

  1. Cuánta ternura e inocencia de niño se ven en estos recuerdos…. Gracias por este hermoso regalo de aquellas Navidades no contaminadas por el merchandising de estas épocas. Puro “Espíritu Navideño!….. Felicidades para vos y tu familia!!!!

  2. Hermosa nota!!! Mil Felicitaciones, la verdad que me hizo volver al pasado, se me llenaron los ojos de lagrimas, ” QUISIERA SER NIÑO OTRA VEZ” en muchas cosas me senti muy identificado.. yo que pensaba que muchas cosas no se pueden plasmar en un texto.. ahora me doy cuenta q si se puede, sin mucho mas q decir, nuevamente Felicitaciones!! y Felices Fiestas!!!

  3. Que hermosa nota ,me alegre mucho y a la vez llore. mi infacia paso hace muchos años y fue muy hermosa con una familia muy unida ,¡ Pero ahora es distinto cada fiesta , con muchas nostalgias , la gente piensa mucho en lo material y no realmente lo que significa la navidad . Me alegro mucho por tu comentario y un fuerte deseo de paz y amor que lo necesitamos mucho los Argentinos felices fietas.

  4. POSDATA.
    Quiero expresar por este medio un sincero agradecimiento a Lucila y a Soledad por permitirme cada quince días relatarles alguna de las historias de nuestro pueblo que me dictan la memoria y el recuerdo de mis familiares más cercanos. La escritura es al igual que Gilgamesh, inmortal y estos breves textos intentan humildemente rescatar del olvido escenas que sin otro medio estarían condenadas a la nada. Aprovecho para agradecer a todos aquellos que han dejado su opinión en alguno de los relatos a lo largo de este tiempo, a los que han reido y a los que han llorado. Gracias a todos, espero que comiencen el año próximo con entusiasmo y alegría. Felicidades y nos reencontramos, palabras mediante, en cualquier nuevo relato.

  5. Gente linda!
    Me gustan las fiestas son la excusita perfecta para juntarse!!! me gusto la nota, lo loco es q en mi facee puse algo sobre los recuerdos, cosas q me configuraron humanamente, que bonito eso q nada puede sacarnos esa esencia tallada de mil momentos… buen año a todos *sean + éticos y menos moralistas*…es una parte de mi consigna personal 2010!!!
    cual es la de ustedes???
    besote
    Kro Moreno

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