La política en el contexto del siglo XXI

Por Juan Carlos Arrechea (*)
 
notaasd Ante todo es preciso aclarar que lo que origina esta nota es cierta preocupación por la preeminencia de un ideario instalado en la sociedad, que en general introyecta acríticamente los lugares comunes del discurso mediático sin detenerse a considerar las complejidades que supone hoy en día la comprensión de los hechos sociales.
 
 Cuando se habla de la “política” es necesario aproximarse a una comprensión más precisa de lo que esta palabra significa en el contexto global del siglo XXI. El escenario mundial es una superposición de sistemas complejos intersecados por intereses económicos, cuestiones de posicionamiento estratégico e intereses corporativos que generalmente se enmascaran en cuestiones ideológicas, religiosas, etc. las cuales son invocadas como “razones” para justificar una extensa gama de decisiones.

Si, para exponer un ejemplo, nos referimos a la situación en medio oriente, la invasión de Afganistán, las guerras del Golfo – desde la guerra entre Irak e Irán hasta la operación “Tormenta del Desierto” y la permanencia Norteamericana en la región y acaso la inminente invasión de Irán- encontraremos que; a los intereses corporativos relacionados a la apropiación de los recursos petroleros y a los problemas de naturaleza estratégica y táctica relacionados a esquemas de reposicionamiento de las fuerzas en pugna por la hegemonía en el escenario mundial se suman elementos que están destinados a la suma de consensos y a la movilización de las bases sociales, los cuales resultan imprescindibles a la hora de que los pueblos y las personas acepten sacrificar sus vidas y sus bienes en defensa de los intereses de las minorías que controlan efectivamente los recursos mundiales.

Ahora bien, ante todo hay que empezar por entender que tales minorías, estadísticamente perceptibles con solo visualizar los parámetros de distribución de la riqueza producida en el mundo, no constituyen una unidad homogénea, aunque se esfuercen por sostener una imagen contraria ante el imaginario social, sino un conjunto de personas interesadas en sostener sus privilegios a toda costa, en permanente competencia por recursos que el discurso económico – como vehículo de su ideología- define a priori como escasos.

Este conjunto de personas constituye una comunidad labil, de intereses agregados, a esta minoría formalmente titular del poder efectivo se suman los cuadros tecnocráticos que funcionan como agentes y estrategas en esta permanente pugna de intereses, esos cuadros tecnocráticos conforman una corporación en si, la cuál representa y defiende sus propios intereses.
A esos niveles de decisores deben sumarse factores del poder real, tales como los aparatos eclesiásticos, científicos, académicos y en definitiva todos aquellos grupos que trabajan corporativamente para el control de recursos de asignación y autoridad.

La política se sostiene sobre esta compleja red de actuaciones de naturaleza contradictoria, su ámbito es la negociación y su continuidad, el conflicto. Por eso suele ser común la alianza circunstancial entre elementos contrapuestos.

Lo que se negocia en tales escenarios queda definido por los recursos que cada negociador controla o finge controlar, considerando siempre que los fenómenos sociales son de naturaleza dinámica y que esa dinámica se ha visto exponencialmente acelerada por los cambios tecnológicos aplicados al manejo y control de la información.

Si la política fue alguna vez “el arte de vivir en la “polís” la evolución de las sociedades, desde la Polis griega que origina el concepto hasta las complejas metrópolis actuales, ha ampliado considerablemente el campo de aplicación de sus acciones.

A pesar de esta complejidad aún puede sostenerse la existencia de dos usos instrumentales extremos de la política, los cuales solo pueden definirse por sus resultados:
a) el que busca una mayor autonomía de las personas, procurando ampliar el campo perceptivo de los individuos, teniendo como meta una mayor distribución del poder y una mejora constante de las condiciones de existencia de los pueblos e individuos, que puede ser considerado como “progresismo”, aunque no deba confundirse el discurso
con las acciones concretas en las que se realiza lo enunciado.

b) el que busca restringir la libertad de las personas, aumentando el control social y cooptando los modos de distribución de herramientas de realización y mejoramiento
de las condiciones de existencia de las personas, sea para su mercantilización o con otros objetivos.

Naturalmente la política real se mueve en la extensa gama de grises intermedios, en ambas posiciones existen motivaciones personales – sin las cuales es imposible concebir el trabajo humano- y la búsqueda de satisfactores que presumen la existencia de fuerzas contradictorias, no ya al nivel de las corporaciones, sino en el de los individuos que las componen. La realidad es que los grandes cambios sociales se realizaron en este escenario de condicionamientos insitos a la naturaleza humana.

La política, superando visiones idealistas y reduccionismos poco eficientes a la hora de explicar los acontecimientos de la historia, es un sistema de contradicciones, quizás lo esencial sea definir los actos políticos por sus consecuencias antes que por sus intenciones, ¿Cuáles son las consecuencias posibles, en términos estadísticos, de la aplicación de tal decisión política?. Responder esa pregunta supone centrarse, desde una mirada netamente pragmática, en el uso instrumental de la política, más que en sus vindicaciones dogmáticas.

Concluyendo, la política no tiene transparencia alguna, es un objeto heterogéneo, opaco, contradictorio y quizás por ello, intrínsecamente humano – aunque según parece se trata de la proyección de estrategias que compartimos con otros animales sociales- el cuál puede ser definido por su uso y/o abuso, naturalmente, existe una relación directa y verificable: a mayor escasez de medios, mayor labilidad instrumental y en consecuencia mayor pobreza de resultados.

Para entender lo que sucede no basta con referirse a las comunicaciones mediáticas y mucho menos a las afirmaciones y expresiones de deseo de los políticos profesionales, sino reconocer que nuestros propios actos y decisiones son más complejos y menos transparentes de lo que nos gusta pensar, trasladar esa consideración al complejo mecanismo que intentamos describir constituye un ejercicio útil para entender porqué pasa lo que pasa, en última instancia se trata de comprender de una vez por todas que nuestros actos y nuestras omisiones tienen consecuencias y que en definitiva no podemos evadirlas.
 

(*) El autor es Licenciado en trabajo Social


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