Semana Santa

Siempre cuenta mi madre -con un evidente toque de exageración- la tortura anual que sufría mi padre en Semana Santa por no poder comer carne. No creo que sea totalmente mentirosa esta afirmación aunque suena demasiada inverosímil la historia de mi padre haciendo un asado y dispuesto a comerlo apenas pasaran las doce de la noche del viernes santo. No sé si la carne era más barata en aquellos tiempos o mi padre ha cambiado mucho, pero lo cierto es que ahora se encarga tranquilamente de preparar el pescado y la generosa paella que cocinan con mi primo para toda la familia reunida. Más allá de estas cuestiones alimenticias, la Pascua era y sigue siendo un momento muy esperado por todos.

Viernes Santo en PSC
Viernes Santo en PSC

De niño, además del huevo de chocolate, la atracción estaba dada por el Vía Crucis viviente que no recuerdo qué sacerdote comenzó a fomentar pero que se transformó en un clásico de la Pascua. Si mi memoria no me falla, mis primeros Vía Crucis fueron de pequeño en la parroquia, cuando descubrí esos hermosos cuadros llenos de color y detalles a los costados de la Iglesia. Seguía de la mano de mi abuela a la gente que daba la vuelta guiados por el sacerdote. Todavía me siguen fascinando esas pinturas en miniatura, esas “pequeñas películas” detenidas en el instante preciso, inmersos en la acción fundamental que da sentido a cada uno de los pasajes que conforman el rito: las caídas de Jesús, el Santo Sudario, la crucifixión. Toda una película en pequeñas viñetas. Esa es quizás la primera de muchas más que vi en otros lugares cerrados e inclusive en la histórica Cruz del Centenario, que también tiene a sus costados los pequeños cuadros con los episodios del Vía Crucis. Pero hubo un momento –no recuerdo exactamente cuándo- en los que esa ceremonia se comenzó a hacer con personajes de carne y hueso. No sé si en estos últimos años se seguirá haciendo pero en aquellos tiempos fue toda una novedad y con los años se fue transformando en un acto cada vez más elaborado.

Si bien una de las puestas en escena que recuerdo como la más organizada fue una que se desarrolló dentro del gimnasio del Club Atlético, la que tuvo todos los condimentos necesarios para designarla como la mejor de todas las que vi, fue la que se hizo detrás de la parroquia, que durante muchos años fue el patio del Colegio Secundario N° 8 “Naciones Unidas”. La recuerdo antes que nada por el intenso frío de esa noche de abril, esos que suelen atravesar las camperas y enrojecer las narices. Ese es el dato central del recuerdo, porque en ese contexto, la duda era si al Jesucristo de carne y hueso lo despojarían de sus ropas y lo crucificarían, como la historia y el rito mandaban que se hiciera. Nadie dijo nada pero yo creo que todos estábamos soportando el frío sólo para ver esa última escena y poder corroborar si Jesús cumplía su papel o no. Lo cierto es que la noche de tanto frío no empañó un Vía Crucis impecable: la gran cantidad de gente que a pesar del clima acompañó la ceremonia, los actores que con un amplio sentido de la responsabilidad cumplieron dignamente su papel y el escenario tan bien armado para la ocasión. Pero sobre todo, la actuación de Jesús fue para el aplauso: lo vimos aparecer, apaleado y taciturno, con su enorme cruz a cuestas, lo vimos soportar los golpes de los guardias, lo vimos caer y levantarse, devolver el Sudario y finalmente, desnudarse ante la mirada admirativa de los presentes y aceptar el frío de la noche. La cruz que habían armado aprovechando el mástil del antiguo colegio estuvo acorde a la ceremonia. Parecía hecho a medida para que todos puedan observar el triste espectáculo de la crucifixión y muerte de Jesús, enmarcado por el viento patagónico. La música y las luces remarcaron el momento de la resurrección y todos contemplamos al actor renaciendo de la noche. Con los años ha variado esa sorpresa inicial aunque nunca deja de ser el momento emotivo de la Semana Santa, el que pone en acto lo más trágico y lo más esperanzador de estos días que se recuerdan y dan sentido a la ceremonia religiosa. 

Además de ese, el domingo sin dudas es el otro momento relevante de la Semana, donde se mezcla el encuentro familiar con el huevo de Pascua y la rosca imposible de superar que amasa mi madre. A medida que nuestra familia fue creciendo, se debió ir comprando un huevo más grande para que entre todos lo rompamos y comamos y así, ante un acto tan breve pero delicioso, terminemos una semana más que tuvo todos los condimentos: un nuevo Vía Crucis –además del lavatorio de pies y la mítica resurrección-, junto a las infaltables bromas ante la angustia de mi padre por la ausencia de carne, la familia reunida tras los mates y la rosca pero sobre todo, la excusa perfecta para la reunión y la alegría del reencuentro. Porque más allá del momento religioso que cada cual aprovecha de diferente manera –participando activamente de los ritos o tomándose unas mini vacaciones- el tiempo familiar se aprovecha de otra manera. Semana Santa es una pausa, un alto que permite romper la rutina diaria, volver a mirar hacia adentro y disfrutar de algo tan simple como una mañana diferente, un mate en familia o el calor del hogar en los primeros días del otoño, siempre frío, de la Patagonia.          

Gilgamesh


Un comentario acerca de “Semana Santa

  1. Todavía no puedo explicar que tipo de magia hace que en la Patagonia todo se viva de manera más intensa. Tuve la oportunidad de vivir Semana Santa en Puerto Santa Cruz y puedo afirmar que caminar hacia la barda con la puesta de sol, con el viento helado cortando la cara y regresar en procesión con velas que apenas aguantan encendidas algunos segundos, antes de que la más mínima brisa las apague…es una experiencia única y realmente avasallante. La Patagonia potencia los sentidos y los sentimientos y agradezco profundamente haber podido vivir la mejores semanas santas de mi vida allí.

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